martes, 22 de mayo de 2012

EL EMPECINAMIENTO DE LORD CHRISTIAN.

Apenas arribada Neva de Noega a las playas de Haverfordwest con sus veinticinco baúles,  la mitad de los cuales contenían sus preciados libros, el secretario del recientemente fallecido Lord James le dio la terrible noticia de su viudez sin haber sido esposa. Neva de Noega puso una cara de consternación que a los galeses les pareció de luto, pero que no engañó a ninguna de las personas del séquito de la muchacha. Neva sintió tan profundo alivio al enterarse de que ya no habría de casarse con hombre de fama tan colérica, que agradeció en su fuero interno que los rumores fueran ciertos y aquel tormentoso carácter le hubiese provacado el soponcio que le despachó a mejor vida.
Haciendo honor a la hospitalidad del pueblo celta del que procedían, las gentes de Balehead condujeron a la recién llegada y toda su comitiva hacia el castillo, donde el nuevo y joven señor, entre nervioso y atribulado, esperaba a los recién llegados. La primera imagen que Neva tuvo de Christian no se le borraría a la muchacha en todos los años de su vida. Allí, a la misma puerta de su hogar, con el sol cayéndole en rayos oblícuos sobre sus cabellos castaños, con la silueta esbelta totalmente vestida de negro, alto, altísimo, y con ese aire melancólico que le haría famoso entre los corazones femeninos no más de una década después, estaba el hombre que Neva creyó que Dios le tenía reservado para toda la eternidad. "Aunque viviera cien vidas", le escribiría la joven a una de sus hermanas,"sé que en todas y cada una de ellas habría de encontrarme con él."

-Sed bienvenida.- musitó Lord Balehead, incómodo en su atuendo de luto riguroso y con la voz estrangulada por los nervios.

Neva de Noega sonrió ante sus palabras y, sin quitarle la vista de encima,  calculó sus posibilidades y la estretegia a seguir. Aquel hombre no se le iba a escapar por nada del mundo. Fuera como fuera. Y por segunda vez en el mismo día dio las gracias al fulminante ataque al corazón que se llevó por delante a su prometido.
Durante la cena en el comedor de los honores, Neva se lanzó de lleno en su plan de conquista. Con su inglés chapurreado y su risa de pajarito mantenía a Lord Christian tan embelesado como nadie que le conociera le había visto nunca. Cada uno a un extremo de la mesa, rodeados por criados con libreas de luto, jamás se vio cena más animada. De repente comenzó a flotar entre la bruma del castillo un eco de lejanas alegrías, como si el espíritu de Lady Sarah corriese por los corredores jugando con su amado Hugo al escondite. Y fue en alguno de los memorables momentos de aquella cena en el que Lord Christian decidió, a su vez, que no podía vivir sin aquella chiquilla tan alegre y parlanchina.



Las cosas, sin embargo, no le iban a resultar tan fáciles. A casi ninguno de los presentes le había pasado inadvertido el enamoramiento que flotaba en el aire durante aquella noche otoñal. Si bien, frente a los enamorados, que eran apenas un par de niños, se alzó rápidamente la voz de la experiencia. Los consejeros de Lord Balehead se reunieron en capítulo, en una de las esquinas del salón de baile, cuchicheando como muchachas. Hubo alguien que habló de "situación incestuosa", pero fue rápidamente acallado. Lo más peligroso para la mayoría radicaba en el carácter de la jovencita. A leguas podía verse su espíritu libre y contestón, y nadie consideraba que el atribulado e introvertido Christian pudiese cargar con semejante esposa. 
-Si ya es difícil que nuestro joven señor muestre algo de carácter y decisión, con semejante esposa al lado quedará anulado por completo- fue el parecer general, y en ese momento se dedicaron a escoger quién le iba a poner el cascabel al gato. Finalmente tan desagradable misión correspondió al ayuda de cámara, Ulric, que introdujo sabiamente el tema mientras ayudaba a desvestirse al joven. En honor a la verdad, el propio Christian, en actitud sin precedentes, estaba presto a hablar del tema. Como si cada vez que pronunciase el nombre de Neva, dejase en sus labios un dulce sabor. 
-Estoy decidido a casarme con ella, así que ahorraos más explicaciones- concluyó Christian tras las larga diatriba recitada por Ulric, que escuchó con semblante ensimismado.
Y tal decisión de matrimonio no constituyó un acto de soberbia por su parte. Dicen que en ese momento Christian ya se había encargado de investigar el parecer de la muchacha a través su aya. La buena mujer había acudido a los aposentos de Neva para ayudarla a acomodarse y le había preguntado, a bocajarro, que qué le parecía su joven señor. Ante tal pregunta Neva se sonrojó, aunque este dato no es muy fiable dada la mala vista de la mujer y la penumbra reinante en la alcoba, y sin más había dicho "que le gustaba mucho". Con tal certeza y el ardor de sus pocos años, Christian se envalentonó. 
-Y si alguien tiene algo que decir en contra, la tomaré esta misma noche y ya no habrá vuelta atrás. 
-¡Recapacitad!- exclamó Ulric, que comenzaba a darse cuenta de que estaba siendo peor el remedio que la enfermedad- No os precipitéis. Mirad que lo que quizá fue una buena esposa escogida para vuestro padre, que en Gloria esté, para vos puede ser nefasta. Las prisas no son buenas consejeras, milord.
Christian quedó en silencio. Su amenaza de yacer con Neva era un bravata. Eso podía adivinarlo cualquiera, pues a nadie se le escapaba que, a pesar de sus dieciocho años, no conocía mujer. Fue un detalle de su educación que a su padre se le escapó. Lord James, en su experiencia de ardorosa juventud, consideraba que lo que viene dictado por natura no requiere de instrucción alguna. Si bien Christian, con la sensibilidad herededa de su madre y las terribles enseñanzas del padre Teodoro, poco se parecía a aquel padre en cuya juventud gloriosa habían de esconderle a las muchachas para evitar males mayores, inflamado ante el revuelo de cualquier falda.  
Pero fue una sola palabra del criado la que decidió a Christian en su empeño. Cuando le oyó dirigirse a él como "milord" comprendió, como no lo hiciera en todos los meses desde la muerte de su padre, que ahora el amo era él. Era huérfano, señor del condado de Haverfordwest, y sin nadie que pudiera marcarle las pautas de su vida. Por primera vez en toda su existencia era dueño de sus actos. De repente sintió un poco de vértigo. Del vértigo que produce el poder. "Milord", le había llamado Ulric. Y era cierto. Él era Lord Balehead of Haverfordwest, noble de Gales por nacimiento y pariente del rey. En sus dominios sólo Dios podía contradecirle. Una sonrisa nueva la cubrió el rostro. Una sonrisa que a Ulric le dio un poco de miedo. 

-He decidido casarme con Neva de Noega, y no se hable más.  

Y fue aquella decisión, llevado por el enamoramiento de aquella muchacha que sus consejeros consideraban tan perniciosa para él, la que le transformó en un ser nuevo. Aquella noche de otoño Christian comenzó a ser el hombre que la Historia conoció.   

jueves, 3 de mayo de 2012

DE CÓMO LA RISA VOLVIÓ AL CONDADO DE HAVERFORDWEST.

El panorama que Lord Balehead se encontró en los primeros tiempos de su viudez no podía ser más desolador: un castillo entristecido, un hijo tan metido en sí y tan enclenque que no anunciaba nada bueno, y unas gentes a su servicio que le temían y odiaban casi a partes iguales. De ser uno de los territorios más bulliciosos y añorados de todo Gales en los tiempos de esplendor de Lady Sarah, el condado de Haverfordwest pasó a ser un lugar sombrío, triste y del que los viajeros huían como de una tierra hechizada.
Christian pasaba sus horas entre libros, llorando sus penas a escondidas, tan callado que, al decir de su aya, hubo quien se olvidó de cómo sonaba su voz. Cuando no llovía se escondía por los bosques, desapareciendo durante horas, sin que nadie tuviese la más remota idea de a qué dedicaba su tiempo.



Lord Balehead podía pasarse días sin preguntar por su hijo. No le gustaba la manera que tenía de mirarle. Como si le tuviese miedo. Como si fuese uno más de esos sirvientes que aguantaban sus largas diatribas sin rechistar. Hubiera querido que su hijo fuese de otra manera, más aguerrido, con un carácter de mil demonios, como todos los hombres de su familia desde la noche de los tiempos. Pero tenía la sensibilidad de su madre, aunque con sus silencios taimados intentase evitar que la gente se percatase. Lord Balehead sabía que con tal carácter el mundo le haría sufrir. Nadie tiene compasión por los débiles. Si el cielo le hubiese concedido el don de la palabra, como a aquel Hugo de Clare al que su hijo tanto quería de niño, se lo hubiese dicho así. Pero Lord James de Balehead, conde de Haverfordwest, nunca supo de otros métodos de comunicación que no fuesen la orden y la espada. Esa era la manera en la que la familia sobrevivió en un territorio como Gales durante siglos, y así había de seguir siendo. Pero, en tal tarea no podía confiar en su hijo. En uno de estas meditaciones, quizás, fue cuando surgió en su mente la idea de tomar nueva esposa. Necesitaba a su lado a alguien joven, de raza aguerrida, que le diese hijos fuertes. Y así fue cómo, por esas casualidades del destino, en un viaje a Londres se enteró de que el conde de Noega tenía aún una hija por casar. La muchacha en cuestión aún no tenía la belleza que en su día enamoraría a tantos. Era aún una niña de trece años con fama de contestona y de no saber llevar una casa. Pero eso a Lord Balehead no le arredró. Él mismo tenía un parentesco lejano con la que fuera madre del conde de Noega, lo que garantizaba que las gotas de sangre galesa unidas a las astures que se mezclaban en la sangre de Neva, harían de la muchacha una mujer fuerte y fértil. Por otro lado, ninguna rebeldía acobardaba a Lord Balehead. Con el tiempo había desarrollado tan furibundo carácter que, desde la muerte de Lady Sarah, podía decirse que casi no se aguantaba ni él mismo.  
Neva de Noega, a la que nunca llegaría a conocer, sólo tenía trece años y era menuda com un pajarito. En aquel tiempo los rasgos de su rostro eran aún infantiles, pero sus maneras y su despierta inteligencia le daban un toque de persona adulta. Nadie podía adivinar la belleza en la que posteriormente se convertiría, pues era de esas niñas que nunca destacan entre sus hermanas y sólo el paso de la adolescencia les confiere el toque atrayente de esa belleza llamada a durar hasta la vejez. Los que la conocieron dicen que Neva fue guapa de repente con veinte años, y después esa guapura peculiar la acompañó para siempre. 

 En todo caso, por lo que las gentes del lugar la recordarían para siempre fue por su risa. Poseía una carcajada fácil y espontánea, y llegó a Gales en un momento en el que su edad la hacía reirse por todo. Eso fue algo que todo el mundo le agradeció durante su vida. Su llegada sorprendió a las gentes de Haverfordwest con el peso de varios lutos superpuestos, un nuevo joven señor que parecía no valer para nada, y la leyenda amarga de un romance frustrado en el aire que impedía florecer a la alegría.
Neva fue un golpe de aire fresco. Con su apariencia de gorrión inquieto, sus ansias de agradar y su acento de otras tierras, se ganó el corazón de todos. Desde Christian, que pasó de hijastro potencial a rendido esposo en pocos minutos, a todos y cada uno de los habitantes de aquel señorío que habían tenido que acostumbrarse a vivir entre sombras. 
Con Neva de Noega, como gustaba de afirmar la aya de Christian, volvió a salir el sol.

jueves, 26 de abril de 2012

DANCEMOS...


Antes de continuar adentrándonos en la vida de todos los que poblaron aquel rincón de Gales en aquella época de su esplendor, antes de enterarnos de las ocurrencias de la parlanchina Neva de Noega, de cuchichear sobre las pasiones que sorprendieron el corazón siempre tan pacífico de Eulalia, de acompañar a Christian en decisiones difíciles y viajes sin retorno, de conocer a bravos guerreros escoceses, rusos de mirada gélida o caballeros españoles cuyo honor no se compra ni con todo el oro del mundo; antes incluso de saber que hubo nobles deseosos de atesorar conocimientos o de cruzarnos en una vuelta del camino inesperada con un rey que brillaba como un Sol... Antes de todo ello, y ya que se han decidido a seguir a esta cronista, hagamos un pequeño alto para bailar en honor de aquellos desafortunados amantes una canción que, de seguro, escucharon muchas de aquellas veladas que terminaban al amanecer. Bailemos a su salud, y a la de todos los que amaron, aman y amarán sin esperanza.


 



Hasta que amanezca...

lunes, 23 de abril de 2012

EL OCASO DE LADY SARAH.

 

Aunque la muerte de  Lady Sarah of Haverfordwest no se produjo hasta diez años más tarde de estos acontecimientos, la risueña mujer de rizos dorados de cuya belleza se hicieron eco todas las crónicas comenzó a morir el mismo día en que Hugo de Clare abandonó aquellas tierras. Si hacemos caso de los escritos conservados en el archivo del conde de Balehead, donde se especifican con todo detalle los síntomas de la dolencia que se la llevó de este mundo cuando su hijo Christian contaba dieciséis años, podemos afirmar sin género de dudas que su enfermedad fue un cáncer, posiblemente de útero. Sin embargo, para quien la conoció siendo muchacha, para quien supo de los pormenores de su corazón, resulta bastante claro que Sarah murió de pena, de añoranza, de hastío. 

La partida de Hugo determinó el fin de toda la música, de los bailes hasta el amanecer, de la ternura, y de la infancia de Christian. Los días se volvieron tan grises como el cielo de Gales en las mañanas de invierno. Nadie contaba historias, nadie cantaba, nadie reía. El niño pudo comprender, como nunca antes, lo que era "el valor de la risa" que había mencionado Hugo en su partida. Hay cosas que sólo se ven cuando no se ven. 

La educación del niño quedó encargada a duros preceptores que le inculcaron todos los conocimientos de ciencia, de uso de armas, de idiomas, de religión, que podía requerir un noble instruído de su tiempo. Se acabaron los juegos, se acabaron las poesías, se acabaron las caricias. Aunque a veces su madre, al cruzárselo en un corredor- él cargado de libros, ella etérea como una mariposa- le revolvía el cabello en un recuerdo de aquellos días felices en que fue mimado hasta la exageración. Si bien esa caricia constituía para Christian una especie de pinchazo en ese lugar impreciso en el que se encuentra la conciencia. En los duros años de su pubertad, Christian pasó a ser el muchacho introvertido que un día enamoraría a Neva de Noega. El peso de la culpa parecía cernirse constantemente sobre él, sin que nadie se percatase de ello. Siempre fue consciente de que había destruído la felicidad de su madre, y en su interior, siempre vio su acto como imperdonable. Si hubiese conocido, o recordado, lo que es el corazón de una madre, hubiese encontrado alivio. Pero, ya era demasiado tarde. El mal estaba hecho y el abismo invisible que creó con aquellas desafortunadas palabras a Teodoro nunca fue capaz de hacerlo desaparecer.      

A Lady Sarah la vida le pesaba como el plomo. Le costaba encontrar fuerzas para levantarse cada mañana. Se sentía vacía. Nada conseguía aliviarla en su abatimiento aunque con su esposo fingía cumpliendo con el papel que se esparaba de ella. Y Lord Balehead, que nunca tuvo capacidad para fijarse en el estado de ánimo de nadie, nunca se percató de tal situación. Con el niño, en cambio, Lady Sarah no podía sentir más que pesadumbre. Le notaba distante, huidizo, reacio a las caricias de sus manos. Comprendió que su pequeño había crecido, se había escapado a su influencia para iniciar el proceso de convertirse en hombre, y supo que algún día la juzgaría por sus actos. Los hijos no son comprensivos con los defectos de sus mayores cuando éstos dejan de ser su único universo.  

Así, trancurrieron los años uno tras otro, hasta que los ecos de aquellos tiempos felices sólo existían en la cabeza de Sarah. Sólo un destello ocasional de sus pupilas, ante un recuerdo rescatado de pronto, hacía ver que hubo un tiempo en que la alegría fue posible. Su cuerpo fue cediendo ante su mal, hasta que se transformó en una triste sombra que no salía de sus aposentos. Cuando le llegó el fin ni su esposo ni su hijo estaban con ella. Lord Balehead estaba de viaje en Londres. Christian lloraba a gritos, escondido en algún lugar del bosque. Las mujeres que la asistieron en su ida de este mundo, que acompañaron a la que fuera la muchacha más hermosa de toda Irlanda, dijeron que se fue tranquila, con alivio, casi con gusto de dejar un mundo del que ya se había despedido casi un década antes. Dicen que se fue en un último suspiro, con el nombre de Hugo entre los labios.   


sábado, 21 de abril de 2012

EL ADIÓS DEFINITIVO.

 

Hugo de Clare se tomó su sentencia como todas los acontecimientos que cuajaron su destino: con resignación. Sabía que su resistencia a la decisión de Lord Balehead sólo serviría para enfurecerle y perjudicar a Sarah. Ella se debía a su marido, a su hijo, al nombre que llevaba. Él, en cambio, no tenía nada que perder. Era hijo natural de un noble segundón en la lluviosa Irlanda, no tenía ni patrimonio, ni descendientes, ni oficio reconocido más que su maravillosa voz y su dote extraordinaria con las palabras. Lo mismo daba que su persona vagase por los caminos. A nadie perjudicaba, nada perdía, nada ganaba. Sólo Sarah. Sólo ella. Y Hugo de Clare podía dar gracias al destino que le había permitido estar tanto tiempo junto a ella. El recuerdo de cada segundo de aquellos veintiséis años le serviría para respirar en lo que le quedase de vida. 

Poco sabemos de cómo fueron los últimos momentos de los amantes. Tras la experiencia pasada se cuidaron muy mucho de no tener testigos en su despedida. Pero, por lo poco que sabemos de su historia, de sus respectivas maneras de ser, de su amor incondicional, podemos suponer que hubo muchas lágrimas y ninguna esperanza. 

Lo que sí conocemos son las últimas palabras que Hugo de Clare le dijo al niño Christian antes de partir a un futuro incierto. Hugo abrazó al niño, acarició con sus manos fuertes y cálidas la carita del pequeño, y con aquella sonrisa limpia que nunca le abandonó, le dijo: 

- Crece feliz, primo Christian. Hazte un buen hombre. Y nunca olvides el valor de la risa. 

Aquella fue la última vez que  Christian de Haverfordwest  recibió el afecto de lo más parecido a un padre que nunca tuvo. 



 Hugo de Clare se marchó sin mirar atrás. Sus pasos se pierden en la noche de la Historia. Hay quien afirma que encontró refugio en la casa de una de las hermanas de Lady Sarah, que había casado en Escocia. Otros, en cambio, lo situan como un viajero errante e incansable por los caminos de Europa, que vivía de las monedas que fondas y castillos le pagaban a cambio de su voz y sus versos. Hay incluso quien afirma que acabó sus días en una isla cercana a la costa africana, de tierras negras y alma tropical.
En todo caso, ninguno de sus escritos ha llegado a nosotros. Sólo el eco de su voz maravillosa a través de quien le conoció y quedó rendido ante el embrujo de su timbre maravilloso, de su sonrisa limpia, de su triste mirada evocadora de un amor perdido. Algún alma mezquina se dedicó a destruir a su muerte todos y cada uno de los escritos que plasmaron sus palabras. Aún así, el tiempo quiso vengarse de quien deseó relegarlo al olvido, pues en una carta que Lady Sarah envió a una de sus hermanas, conservada de generación en generación, nos han llegado los versos que, en susurros de su voz inolvidable, Hugo de Clare inventó para Sarah, para consolarla en las horas sin él:


"En la luz que se enreda en tus pestañas cada amanecer,
ahí estoy yo.
En la música que adormece tus oídos,
ahí estoy yo.
En la miel que endulza tus labios,
ahí estoy yo.
En la brisa del mar que acaricia tu piel,
ahí estoy yo.
En cada momento, en cada instante, en cada lugar,
como siempre y para siempre,
ahí estaré yo."

domingo, 15 de abril de 2012

UNA ENTREVISTA EMBARAZOSA.

Lord Balehead esperó a la mañana siguiente para hablar con su esposa. Deseaba consultar con la almohada la situación y estar seguro de su determinación y de lo que iba a decirle. Si la gravedad del asunto era cierta, quizás Lady Sarah reaccionase inesperadamente, y en consecuencia quería  mostrar toda la firmeza que una decisión bien madurada conlleva. Cuando Lord Balehead se decantaba por algo, jamás daba ni un paso atrás. Su postura iba a ser inamovible, sin concesiones ni lamentos. 

Lady Sarah acudió al encuentro en las habitaciones privadas de su esposo sin asomo alguno de inquietud. No se esperaba en absoluto lo que allí encontró. Lord Balehead le dio los buenos días con su circunspección habitual y, acto seguido, le soltó a bocajarro: 

-Señora, habéis incumplido una de nuestras reglas mutuamente convenidas. Os anuncio que me obligáis a actuar en consecuencia.  

Tales palabras produjeron en Lady Sarah una salida de tono que su marido jamás se hubiese esperado. Ella soltó una de sus tintineantes carcajadas y, sentándose en un canapé a su lado, expresó: 

-No recuerdo haberos arrojado algo a la cabeza en los últimos tiempos. 

-Señora, os hablo en serio.- carraspeó Lord Balehead, algo confuso- Habéis dado lugar a que se dude de vuestra honra.  

-Hay decenas de personas dispuestas a haceros perder vuestro valioso tiempo con cuitas sobre mi honra.- sonrió Lady Sarah, mientras jugueteaba con uno de sus rizos dorados- Si les dais crédito, os aburrirán con sus chismes de vieja. 

-Ignoro quiénes puedan ser esas decenas de personas. Yo hablo de vuestro hijo.  

Aquello fue como un jarro de agua fría para Lady Sarah. Su hermoso rostro perdió el color y no volvió a decir palabra mientras su marido le explicaba su determinación inamovible.   

-Creo que he sido permisivo con todos y cada uno de vuestros hábitos desde que llegastéis a mi casa. - manifestó Lord Balehead- Si bien, que vuestro hijo acuda escandalizado ante su confesor debido al comportamiento que mantenéis con vuestro primo, no reprimiéndoos en actitudes que llevan a vuestro hijo a equivocaciones sobre lo que debe ser el decoro de una mujer casada... Eso, señora, no puedo consentirlo y, sin más preámbulos os digo que voy a tomar medidas al respecto. Evidentemente, castigaros a vos sería tal como admitiros en la condición de adúltera, y me obligaría a dejaros en manos de la Iglesia. Ya sabéis mi opinión sobre tal institución, y además creo que ya ha tenido demasiada intervención en esta lamentable historia. Por otra parte, os considero demasiado sensata como para no presumiros inocente de todo esto... si bien, de vuestro primo no puedo decir lo mismo. Es de dominio público el afecto que os profesa, y dado que nunca ha manifestado su interés por unirse en matrimonio a ninguna dama, no puedo más que considerarlo peligroso para vos y vuestra honradez. Empero, dado que no ha nacido en Gales, me veo incapaz para juzgarle como uno de mis hombres. He pensado pues que la medida más conveniente, dado el caso, es que le destierre de todos mis dominios y le prohíba cualquier comunicación con vos. 

Destierro. Al escuchar tal palabra, Lady Sarah bajó los ojos y se sintió desfallecer.  "Desterrado", musitó y la palabra en sus labios le supo a tierra de camposanto. 


                             *                                     *                                      *



Mis muy queridos lectores perdonarán mis tan prolongadas ausencias. Pero el reciente desempeño de mis labores por encargo de la excelsa Corte castellana me impide escribir con la frecuencia que desearía. Perdonen a esta cronista por no saber utilizar su tiempo con más acierto.





domingo, 25 de marzo de 2012

LA INTERVENCIÓN DE TEODORO.



El destino tenía reservado un papel relevante a Teodoro en el futuro de los amantes. Este hombre era el capellán del castillo de Lord Balehead y, al mismo tiempo, el párraco de la rectoría que comprendía los extensos dominios del conde de Haverfordwest. Su dedicación era tal, que incluso el obispo de Pembrokeshire  le había recriminado su exceso de celo en alguna ocasión. Teodoro llevaba a rajatabla sus votos de pobreza y castidad, hasta el extremo de que era intolerante con los desvíos ajenos. No podía comprender cómo lo que a él mismo tan poco le costaba, suponía un triunfo para el resto. Todo hombre estaba hecho a semejanza de Dios, por eso quien se perdía en vicios y pecados sólo podía ser considerado un instrumento del maligno. Y si había un ser en la Creación al que el demonio utilizaba más que a ningún otro como arma para sus engaños y desmanes, esa criatura era la mujer. 

Siendo niño, en el seminario, Teodoro había dado muestras de su pánico hacia las mujeres. Siempre consideró que aquellas criaturas incomprensibles eran el origen de todas las catástrofes, y sólo cuando se las reducía al hogar podían transformarse en seres inofensivos. Pero había que estar en constante alerta, pues el maligno no dejaba nunca de estar al acecho para volver a usarlas en sus planes de perdición. Y todo ello se incrementaba cuando eran hermosas. Teodoro había visto hacer las mayores locuras por causa de una mujer bella. Los hombres se transtornaban, eran capaces de las mayores vilezas, se asesinaban, se embarcaban en aventuras temerarias, se abalanzaban de cabeza al infierno, por conseguir la atención de una beldad. Jamás pudo entender esos impulsos ciegos e irracionales. La mujer había sido creada por Dios con la sola función de procrear, y quien se dejase arrastrar por cualquiera de ellas, estaba vendiendo su alma al demonio. Y eso jamás pudo transigirlo. 

Aquella fatídica mañana de primavera en la que el pequeño Christian decidió desbaratar el mundo, el niño tenía clase de religión con Teodoro. El pastor había aprovechado la enfermedad del heredero para convencer a Lord Balehead de la necesidad de afianzar en el niño los conocimientos del catecismo. No se podía permitir que una recaída le pusiera nuevamente a las puertas del abismo sin saber qué responderle al Señor en el momento del Supremo Juicio. Lord Balehead, que apenas reparaba en la existencia de su propia alma, se dio cuenta de que tal vez el religioso tenía razón y le dio permiso para que adoctrinase a su hijo en la fe verdadera. Teodoro se tomó la tarea con mucho ahínco, quizás para contrarrestrar de alguna forma la influencia de Lady Sarah, con toda su belleza arrebatadora y sus ideas católicas. El resultado fue que Christian comenzó a tener pesadillas con monstruos de patas peludas rodeados de mujeres de rubios cabellos. 

-Madre peca con el primo Hugo.- soltó de pronto el niño, con cierto regodeo interno, en plena lectura de los Salmos.

Teodoro dejó de leer. Gruesas gotas de sudor perlaron su frente y, bajo el hábito, una ola de calor le recorrió el cuerpo. La sola imagen de la brillante piel de Lady Sarah le turbó el ánimo.

-¿Sabéis de lo que acusáis a la señora, vuestra madre?

-Sí. Yo la he visto hacer lo que vos decís que es pecar. 

A Teodoro se le revolvió el alma. En su absoluta intransigencia  no se le ocurrió plantearse que lo que el niño refería en su inocencia no tenía que ver con el fornicio. Tales eran las ideas de pecado que le había inculcado que lo que Christian había visto aquella mañana ya lo podía calificar como tal. Teodoro, que a su pesar no tenía tal inocencia, no pudo dejar de imaginarse a Lady Sarah y Hugo yaciendo como habían venido al mundo. En su imaginación ya les veía envueltos en llamas.  


Ni corto ni perezoso, Teodoro se dirigió a las habitaciones de Lord Balehead. En aquellos momentos el señor almorzaba en soledad. Sin más preámbulos, Teodoro le espetó: 

-Vuestra esposa os engaña. El demonio ha entrado en vuestra casa a través de ella y no repara ni en la inocencia de vuestro hijo. 

Lord Balehead quedó estupefacto. Le entraron ganas de abalanzarse a Teodoro y tirarle por una de las almenas. Aunque si el siniestro personaje se había enterado y su propio hijo estaba al tanto de tales peripecias, no iba a tener más remedio que intervenir. Antes bien, Lady Sarah había incumplido pues con una de las tres reglas inquebrantables: su comportamiento había hecho escandalizarse a alguien. Aunque fuera aquel alfeñique de ideas rancias. Tendría que tomar cartas en el asunto. Mal que le pesase.