sábado, 29 de diciembre de 2012

TIEMPO DE FESTEJOS.

Por estos lares estamos de celebración. Esta cronista no puede menos que rendirse a la avalancha de emociones propia de fechas tan señaladas y, desde aquí, felicitar a todo el que tenga a bien leer estas líneas.
 
Como Neva de Noega gustaba tanto de la música y el baile, no encuentro mejor forma de enviar mis felicitaciones y parabienes que invitándoles a bailar.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Y Eulalia y su destino asoman su nariz a la vuelta de la esquina...

martes, 18 de diciembre de 2012

EL DESTINO DE EULALIA.

Dejemos por un instante a los jóvenes condes de Haverfordwest disfrutando de uno de los momentos más dulces de su vida en común para saber qué fue de Eulalia de Noega, la hermana más querida de Neva, aquella hermana que, cuando abandonó el hogar paterno para contraer matrimonio, dejó a Neva presa de una de sus famosas pataletas. 

En aquel momento de la despedida, cuando Eulalia se dirigía con la resignación que siempre la caracterizó hacia el tálamo conyugal, nadie podía sospechar la vida que la esperaba. Fernando de Guisasola era el segundo hijo de un noble de la pequeña aristocracia, nunca había destacado por nada, ni se le conocía talento alguno. Si bien, bajo aquella apática apariencia, se escondía una ambición desmedida. Eulalia de Noega, en el momento de los esponsales, no podía siquiera sospechar que el hombre que a su lado consentía en contraer matrimonio con la hermana de la que siempre fue la mujer que deseó poseer, jamás se conformaría con quedarse en los dominios de su padre, ayudando a su hermano mayor en la administración de unas tierras que no iban a heredar su hijos, mientras su hermanos menores hacían carrera en las armas y en la Iglesia. Al principio, Fernando pareció conformarse con aquella vida. Paseaba silencioso por los corredores a la sombra de su anciano padre, tomaba en las noches a aquella esposa callada y sumisa que le había tocado en suerte, ocupaba sus horas con juegos de naipes aprendiendo de donceles y mozos de cuadra los trucos con los que se labraría su destino. Porque, un día, su suerte cambió de súbito en una mezcla de azar, ingenio y ansias de prosperar. 


Un golpe de suerte en una mano afortunada, una partida de cartas con las personas adecuadas, el riesgo de un minuto de indecisión... Todos éstos fueron los elementos que iniciaron la fulgurante carrera de Fernando de Guisasola, que le llevarían a Madrid y después a la misma Versalles, en una vida que nadie jamás imaginó para él. Y mucho menos su esposa. Eulalia accedió a casarse con él porque todo hacía prever que podría ser durante toda su existencia la mujer de un noble oscuro y desconocido, viviendo a pocas millas del lugar en el que nació, no alejándose jamás de lo que era su mundo conocido. Nunca pensó que su destino la llevaría a codearse con grandes señoras en la Villa y Corte de Madrid, a tener que ocupar su tiempo en encargar fastuosos vestidos que sólo podía ponerse una vez, a sufrir largas sesiones de peinado hasta que su frondosa melena de rizos castaños se transformaba según los caprichos de la última moda. Eulalia, con su gusto por la invisibilidad, tendría que acabar acostumbrándose a las miradas masculinas, a las lenguas afiladas de damas envidiosas. Ella, siempre tan alejada de todo lo mundano, tuvo que convivir día tras día con las apariencias, los rumores, la infinita hipocresía de unas gentes cuya vida ociosa y elegante se resumía en bailes e intrigas. 

En los próximos días desentrañaremos la cadena de casualidades y golpes azarosos que contruyeron el destino insospechado de la tímida Eulalia, escucharemos sus palabras de desdicha a través de las cartas que envió a su hermana Neva como gritos silenciosos de socorro, descubriremos que ella misma contribuyó no poco en el ascenso de su marido y, también,  (aunque en esto último les rogaré la mayor de las discreciones) la acompañaremos en el descubrimiento de un sentimiento para el que ella jamás se creyó destinada. Porque Eulalia de Noega también amo. Y fue amada, sin esperanza.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

HORAS DE ANGUSTIA.

Un grito rompió la quietud de la noche tras nueve meses apacibles. Lord Christian, que se había quedado dormido ante la lumbre con un libro entre las manos, se desperezó ligeramente. En un primer momento pensó que todo se trataba de un juego de su imaginación y se removió ligeramente para adoptar una postura más cómoda. Si bien, un segundo grito le sacó de dudas.  El momento había llegado. Pronto, a pesar del empeño del reloj en retrasar sus agujas, su vida iba cambiar. Iba a ser padre. Padre. Extraña palabra que traía a su mente el recuerdo de una mano firme y una voz profunda. ¿Cómo sería su hijo? Desde el destierro de la sala a la que las afanosas mujeres de la casa le habían relegado desde poco antes del amanecer, se dedicó a recrearse en imaginar cómo sería su hijo. ¿Tendría los ojos de su madre, su pelo rubio, su risa de pájaro? ¿O se parecería a Neva con su pelo oscuro y sus ojos rasgados? Bien pensado, si fuese varón debería mostrar sus propios rasgos. Siempre se había dicho que él mismo tenía los ojos de su padre, y su nariz, y su barbilla... Aunque no podía afirmarlo con seguridad. Se dio cuenta en ese instante de las pocas ocasiones en que se había permitido mirar a su padre al rostro. Se juró que su hijo jamás se atemorizaría con su voz. Sería para él un padre comprensivo y cariñoso, como aquel primo Hugo que de repente le vino al recuerdo...
 
 
Otro grito y carreras apresuradas en el piso superior le sacaron de sus ensimismaciones. Algo no parecía ir del todo bien. Con la camisa abierta y el pelo revuelto salió al corredor al tiempo que una de las criadas pasaba veloz con un balde de agua entre las manos. La muchacha se paró en seco al verle, provocando que parte del agua del recipiente se derramase por el suelo. Con un ligera inclinación de cabeza le saludó de la manera respetuosa que el ama de llaves le había inculcado como primera lección a seguir en su trato con los señores. La segunda lección era que jamás les mirase directamente a los ojos. 

-¿Cómo están las cosas?- fue lo único que logró decir Lord Christian,  con voz estrangulada por el miedo y su timidez insuperable.

-No demasiado bien- respondió la muchacha que, dada su condición virginal, sólo tenía conocimiento del asunto a través de la abertura de la puerta entreabierta y a la que los gritos y la actividad frenética de la matrona y demás mujeres en su interior tenían francamente atemorizada. 

En su alcoba Neva de Noega, la joven Lady Balehead, creyó morir. Jamás pensó que existiese semejante dolor, esa angustia inexplicable que mantenía en zozobra su cuerpo hasta que nuevamente las entrañas se le desgarraban como atravesadas con un hierro candente. Gritó, rasgó sábanas, apretó los dientes, soltó juramentos escuchados a algún marinero en Noega que, para su fortuna, nadie a su alrededor pareció comprender, prometió, rezó, y cuando ya parecía que aquello iba a ser el fin, la voz de la partera le hizo volver en sí:

-¡Ya viene, ya viene! Empuje con todas sus fuerzas, señora.

Y empujó. Hasta que darse sin aliento. Hasta que el mundo se hizo agua. Litros y litros empapando su piel, las sábanas, las manos de aquellas mujeres que se afanaban en ayudarla. Y, al fin, con las primeras luces del alba, en aquel domingo de primavera, Lord Balehead desde el corredor en el que había dado vueltas incasable, rezando todo lo que sabía, escuchó un llanto. Esa fue la primera señal que tuvo el joven Christian de que había sido padre de su primera hija. Una niña que heredó el cabello rubio de su abuela, y la belleza asombrosa de su tía Isabel, y el temperamento aguerrido de su madre, y el noble corazón de su padre. Una niña que recibió el nombre de Emma de Balehead, pero que la Historia recordaría por uno muy diferente.
 

sábado, 6 de octubre de 2012

DE VIAJES INOPORTUNOS Y LLEGADAS INESPERADAS.

La vida está llena de acontecimientos felices que sólo existen en la memoria.  Lady Neva, en su vejez, siempre recordaría sus primeros años de matrimonio como una época de dicha ininterrumpida. Sin embargo, a juzgar por su cartas de entonces, la realidad distaba mucho del recuerdo. 

Cierto es que la pequeña Neva tuvo una acogida en los dominios de Haverfordwest como nunca se dispensó a ninguna forastera. Y que el destino tuvo a bien que casase con un hombre de su gusto. Y que el poder de su sonrisa contagiase el ambiente del palacio de una alegría inusitada. Pero también es cierto que muchos la miraron con recelo (desde el Consejo o desde los altos cargos religiosos), que sus costumbres y carácter chocaron con tradiciones y protocolos, obligando a compatibilizar opiniones en equilibrios endebles, siempre en riesgo de choque permanente. Y, a la postre, estaba el carácter de Christian. 

Esa manera de ser, introvertida y taciturna, que había subyugado desde un primer momento a Neva de Noega, pronto resultó un problema. Lord Balehead callaba sus pareceres hasta que, un día, sin venir a cuento los desataba todos juntos, armándose un jaleo de mil demonios. Comenzaba a parecerse a su difunto padre más de lo que él mismo quería reconocer. Y a medida que tomaba mayor intimidad con su esposa, ésta se convertía en objeto de sus malos humores. Neva intentaba sobrellevar sus exabruptos con paciencia, pero nadie le había enseñado que la mujer debe ser muda ante la fuerza arrolladora del varón. Así sus peleas, junto a sus apasionadas reconciliaciones, comenzaron a tomar la dimensión de lo que se acaba transformado en leyenda. 

Otro de los motivos añadidos de pesar en aquellos primeros años, que la memoria de la Neva anciana se encargaría de borrar, era la excesiva duración de los inviernos. Aunque la muchacha provenía de una tierra en la que la luz y el buen tiempo eran escasos, lo de los inviernos galeses rayaba la locura. Durante meses, el mundo se cubría de un manto de penumbra que hacía dudar de la existencia del sol. Neva, en aquellas largas noches que se iniciaban apenas terminaba de almorzar, creía morir de aburrimiento. Y eso que era una mujer de recursos. Aunque todos los juegos, historias y charadas tienen un fin. Y si en torno no existe nadie que contribuya al divertimento, el tiempo se vuelve eterno.  



Antes de que Lord Christian decidiese contratar músicos, poetas y danzarines para el séquito de su esposa, a Neva los inviernos le alcanzaron para aprender galés, mejorar su estilo con la espada y escribir su propia versión de "La divina comedia". Y para aburrir a los mensajeros con sus cartas a Eulalia.

"Querida hermana:

No sé qué te habrán parecido mis últimos comentarios. Vuelvo a escribirte sin esperar a recibir tu carta, porque hace varios días que llueve sin cesar y me aburro horrores. Dirás que siempre estoy con las mismas quejas, que de niña siempre me escapaba para huir del aburrimiento, escalando paredes y escondiéndome en buhardillas. Aquí, el aburrimiento es tan absoluto, que escapar de él es una quimera. Ya ni lo intento. Dejo que se apodere de mí, que se siente aquí a mi lado, haciendo que el reloj tenga más horas de lo acostumbrado. 
Mi esposo vuelve a estar de viaje. Odio estos viajes suyos. Sus consejeros dicen que no debo acompañarle, que debo quedarme en casa en representación suya, para tomar las decisiones para las que me creo tan capacitada. Lo dicen con toda la ironía propia de sus lenguas británicas, pero yo sonrío como si me dijesen una lindeza, y ellos se muerden los labios, rojos de irritación. Algún día alguno explosionará, despachurrándose como una granada madura. 
En fin, que no me quejo más. Sería un acto de crueldad por mi parte, a sabiendas de todo lo que sufres tú cada día en ese lugar horrible. Si pudiese estar a tu lado no dudo que podríamos encontrarle el lado cómico. Estoy segura de que toda esa gente estirada de la que hablas tiene su lado ridículo. Como don Cosme, ¿te acuerdas? Aquel preceptor de Gonzalo, con su bigote lacio y su pelo encerado... Aún me duelen las manos cuando recuerdo su palmeta. Pero, el dibujo le hacía justicia, ¿no crees? 
Mientras escribo estas letras comienzo a sentir el golpe del granizo en los cristales . Pronto llegará la nieve. En eso, querida Eulalia, eres afortunada. Donde resides no hará el frío que aquí hace en invierno. Y tú siempre le has temido al frío. Madre dice que es porque cuando naciste la nieve cubría el mundo como nunca jamás había ocurrido. Yo creo que temes el frío porque eres sensata. 

¡Ay, querida Eulalia, qué aburrimiento! Y mi esposo que no vuelve. Pronto cumplirá años, y si no hay un cambio de planes será en Londres. Estoy aprendiendo a tejerle un chaleco de los que por aquí se estilan. Hasta para estas labores absurdas tengo tiempo. Le echo mucho en falta, hermana, y en las mañanas el cuerpo se me pone alterado, la cabeza me da vueltas y vomito el desayuno.
En los tres años que llevo en Gales nunca me había encontrado enferma y ahora me aterra estarlo sin Christian a mi lado. Pero, no te apures, querida. Seguro que es un simple constipado. Pero si le escribo, quizás vuelva antes. Voy a hacerlo con premura.

Te quiere, te extraña y muere de aburrimiento, tu afectuosa hermana  
                                                                                                                                                        N."

Después de esta misiva enviada a Francia, y que Eulalia recibió cuando aún no le había dado tiempo a escribir la contestación de un carta previa de su hermana pequeña, Neva cumplió lo afirmado y escribió a su esposo. Dicen las crónicas que Lord Christian volvió en la misma noche en la que recibió el mensaje de su esposa, reventando varias monturas en su viaje frenético desde Londres. El contenido de la carta que interrumpió aquel viaje que tan largo se le estaba haciendo a la muchacha, que  hizo  a Christian cabalgar durante millas, entre la nieve y la ventisca, rezaba así:

"Mi amado esposo:

Vais a ser padre.

Tuya, siempre tuya 
                                                      N."


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domingo, 23 de septiembre de 2012

DEL ORIGEN DE UN NOMBRE.

Pocos meses después de que la Condesa de Noega alumbrase a su hijo Gonzalo, comenzó a tener un perturbador sueño, que se repetía cada noche como una letanía angustiosa. Aguas heladas bajo un cielo oscuro envolvían su cuerpo desnudo hasta que el frío y el terror paralizaba cada uno de sus miembros. Despertaba sobresaltada en mitad de la noche, sintiendo su corazón al galope y las extremidades entumecidas. 
La condesa María intentó descubrir el origen de este sueño escuchando la voz del viento y observando los signos de las estrellas, tal y como siempre vio hacer a su madre. Pero, nada pudo descubrir que le sirviese de explicación. Sólo que su vida iba a cambiar y que el agua tendría mucho que ver en ello. 
El sueño siguió repitiéndose cada noche con la constancia imperturbable del movimiento de los astros. Pero no por eso dejaba de ser aterrador, ni disminuía su sensación desconcertante de estar a un paso del abismo. Para la condesa, siempre tan práctica, aquella pesadilla constituyó una tortura como jamás conoció otra. Ni el aguijón del hambre en la infancia, ni las miradas reprobadoras de quienes la consideraban un ser inferior de oscuro origen,  la hicieron sufrir tanto. Hasta una noche de noviembre, oscura como lo eterno. 
Aquella noche sólo soñó con el silencio. El primer rayo del alba la despertó haciéndole cosquillas entre las pestañas. Agradecida por aquella inesperada tregua, se arrebujó en uno de sus chales de lana y salió del palacio, hacia los acantilados, a darle las gracias al mar por dejarla tranquila. Las olas rompían contra las rocas con la furia de un animal acorralado. Los ojos de la condesa se perdieron a través de aquellas aguas a las que el amanecer daba un tono plomizo. De repente, abajo, en la playa, pudo percibir un bulto extraño en la orilla. Sin importarle los espinos que rasgaban sus ropas, el salitre que escocía en sus mejillas, la condesa corrió hacia la playa, atraída poderosamente por aquella extraña figura que el mar había escupido.

 

En la playa, la arena se le metía por los zapatos, obstaculizándole el paso, causándole la misma sensación frustrante de las aguas de su pesadilla. Cuando llegó al lugar donde yacía aquella figura hincó las rodillas, dejándose caer, presa del agotamiento. Era un hombre. Apenas un muchacho, con la ropa destrozada y el pelo revuelto. La condesa, aún jadeante, le palpó el cuello y los brazos en busca de signos de vida. Afortunadamente aún respiraba. María de Noega comprendió, con la nitidez de un presagio, que había soñado con la agonía de aquel muchacho cada una de las noches previas. Aguas heladas bajo un cielo oscuro que envolvían su cuerpo desnudo hasta que el frío y el terror paralizaba cada uno de sus miembros. Comprendió que estaba destinada a salvarle, así que lo acunó entre sus brazos incansablemente para hacerle entrar en calor hasta que llegó la mañana y uno de los guardas de su esposo la encontró. La habían buscado durante horas, desde que el llanto del pequeño Gonzalo despertó a cada habitante del palacio  con sus gritos de hambre.

El muchacho del mar deliró durante semanas en un idioma que hacía persignarse a las criadas. Pensaban que aquellos sonidos que salían de la boca del náufrago sólo podían tener su origen en el infierno. Nadie jamás oyó vocablos iguales. Cuando por fin abrió los ojos la condesa estaba con él. Y se quedó petrificada. Sus ojos tenían un color azul que jamás había visto. Ni siquiera en los cuentos de hadas. Todos los intentos de comunicarse con él quedaron reducidos a un lenguaje gestual que sólo la condesa consiguió dominar. Un día, cargada con el planisferio de su esposo, María de Noega se llegó a la alcoba del muchacho del mar y se lo extendió sobre las rodillas. Él se incorporó en el lecho y con un dedo indicó un punto en el mapa. Un lugar lejano, atravesado por una fina línea azul que recibía el nombre de Neva.
-¡Qué bonito nombre!- musitó la Condesa.
Poco más supieron del pasado del muchacho del mar. Él se afanó por aprender el castellano y les dijo que su nombre era Andréi Ivanovich. Nadie se tomó la molestia de aprender su idioma extraño. Así que simplemente le llamaban Andrés. Por fortuna para las asustadizas doncellas de la condesa, el desconocimiento de la lengua del muchacho del mar les impidió conocer otros detalles de su pasado que él musitó en sus noches de delirio. En su nueva vida en Noega nadie supo jamás que de niño nadaba en las frías aguas del Neva hasta que le vendieron como criado de un pariente lejano del Zar. Que cometió la impertinencia de enamorarse de una de las hijas de su amo, y la osadía de consumar aquel amor. Que el furioso noble apeló a la justicia de los Romanov y le desterraron a Siberia, donde sólo sobreviven los hombres sin corazón. Que consiguió escaparse y embarcarse de polizón. Que tras semanas de mantenerse oculto como una sabandija le descubrieron, y llevado de la desesperación se lanzó al mar.

 

Andréi Ivanovich se convirtió en uno más de los que pululaban por el palacio del Conde de Noega. Su destreza manual le convirtió en una ayuda casi para cualquier cosa. Formó parte del universo de los pequeños hijos del conde como una figura querida y silenciosa, siempre atento en su mirada tan azul, peculiar en su alta estatura y su pelo dorado, fiel a la condesa como nadie lo fue jamás. Llegado el momento, Andréi Ivanovich casó con la camarera mayor de la condesa y tuvo varios hijos de ella. Sus descendientes estarían llamados a tener un relevante papel en el destino de la familia de quien le recogió del mar sin una pregunta. Pero eso fue mucho más tarde. Y Andréi Ivanovich, el muchacho del mar, no llegó a conocerlo. 

Pocos días después de que la condesa recogiese del mar este regalo inesperado, supo que estaba encinta. En su vientre llevaba una niña llamada a tener el mar en la mirada, a poseer la fuerza de las olas y la seguridad de la marea. Una niña a la que María de Noega le puso el nombre de aquel río lejano, aquel río con el que Andréi Ivanovich se había situado en el mundo con la punta de uno de sus dedos sobre un viejo pergamino.


domingo, 16 de septiembre de 2012

A LA SOMBRA DE LORD CHRISTIAN.

Dicen que cada ser humano nace con un determinado carácter impreso como una herencia invisible. Así se explican ciertos parecidos con antepasados con los que no coincidimos en el tiempo, reacciones ante las circunstancias de la vida extrañamente similares a un lejano bisabuelo, gestos faciales fácilmente identificables con una prima carnal casada en el extranjero. Sin embargo, existe parte de ese carácter que no se hereda. Que se forja a golpe de sucesos vitales, de comportamientos de aquéllos con los que compartimos el camino, de la mezcla de desgracias y momentos felices que conforman la vida de toda persona.

Neva de Noega era rebelde, contestona y fantasiosa. Y lo era porque su padre se pasaba el día en las nubes. Porque su bisabuela paterna resistió el asedio inglés en las almenas de su castillo vestida con unas simples enaguas y empuñando el arco como si sus manos nunca hubiesen hecho otra cosa. Porque su abuelo materno erraba por los caminos, curando a pobres y engañando a ricos con extrañas pócimas para encender el corazón o esquivar la mala fortuna, sacando muelas o vendiendo ungüentos contra las verrugas. Porque su tío Rodrigo se perdió en el mar cuando buscaba la isla de San Borondón. Porque su madre no le temía a nada que fuese de este mundo.  Porque  de la Biblia familiar había varios nombres tachados de primos lejanos que perdieron la estima del bisabuelo embarcados en dudosas empresas y negocios remotos. Quizás, por todo ello, algún sensato lector pueda afirmar sin equivocarse que Neva de Noega no podía haber sido de otro modo.

Sin embargo, tal herencia invisible sólo era una posibilidad. ¿Hubiera sido Neva la mujer que la Historia conoció de no haberse criado con su hermano Gonzalo, tratada como un niño ruidoso, escabulliéndose gracias a su don para hacerse invisible por anaqueles prohibidos, por ventanucos inaccesibles, por debajo de los muebles en estancias en las que se trataban conversaciones reservadas para oídos ajenos? Neva fue una niña curiosa, ávida de conocimiento, y sin asomo de vergüenza. Preguntona e irritante, a veces. Ingeniosa y divertida, otras. Su madre, la condesa, siempre la llamó "rabo de lagartija" y nunca tuvo duda alguna que, de entre todos sus hijos, era la que más se parecía a su familia. Aquellos parientes de los que nunca se hablaba más que para acrecentar la leyenda de su raza celta y sus costumbres salvajes.



El comportamiento de la nueva Lady Balehead no pudo menos que sorprender a aquellas gentes de Gales en algunos de sus ámbitos. Les desarmaba con su capacidad para preguntarse cosas que todos daban por hechas desde el inicio de los tiempos, cuando interrumpía a su esposo para narrar sus ocurrencias, cuando se dedicaba a contar las provisiones de la despensa y a disponer de las mismas. Nadie había visto una señora igual. Quienes conocieron a Lady Sarah sabían que nunca se había comportado de esa manera. Jamás se había inmiscuído en asunto alguno, doméstico u oficial. Se limitaba a mejorar lo dispuesto por su esposo con su distinción y sentido del gusto. Lady Neva, que procedía de un hogar en el que todas las cuestiones prácticas de la vida pasaban por las manos de su madre, la Condesa, no podía imaginarse que en otros lugares se organizasen de modo diferente. Así, hacía y deshacía a su antojo, organizaba las provisiones, los días de colada, las tareas caritativas,  sin que nadie se atreviese a desobedecer ni una sola de sus órdenes, desarmados por el poder hipnótico de su sonrisa.

Sin embargo, todos sabían que tal estado de cosas habría de desbaratarse un día u otro. Y así ocurrió. Precisamente en uno de los consejos a los que Lord Christian se empeñó que asistiera. Se discutía sobre el castigo a aplicar a un campesino al que se había pillado estafando en el molino con el peso de su harina. En el fragor de la discusión, se escuchó la voz clara y cristalina de Neva por encima de las de los hombres ofuscados.  

-Ni los azotes ni las multas servirán de nada, señores, pues el origen de la falta está en la necesidad. Remediemos la causa antes de castigar el mal.  

El silencio que siguió podría haberse palpado como un ser corpóreo. Lord Christian afirmó que tal propuesta habría de ser estudiada con más profundidad y manifestó que se pasase al siguiente punto del día. Los consejeros ardían de indignación, pero nadie se atrevió a decir palabra. Sólo Leopold, el secretario, al terminar con el despacho de los asuntos del día, aprovechando que Lady Neva se había quedado rezagada en la sala, le musitó para  que nadie más pudiese oírle: 

-Milady, ya que es deseo de milord que asistáis a las sesiones del consejo, mantened el decoro en lo sucesivo y guardad el silencio que se espera de vos. - y añadió- No olvidéis que vuestro deber es ser la sombra de Lord Christian. 

La muchacha, impertérrita, le respondió con uno de sus arranques famosos que el secretario jamás dudó en repetir a quien quisiera oírle, con el ánimo de perjudicarla: 

-Señor, la estatura de mi esposo, aunque elevada, no da para tener dos sombras.

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lunes, 10 de septiembre de 2012

DE CUENTOS, RISAS Y CONSEJOS.


Pocos recordaban el sonido de la risa de Lord Christian, pero nadie se quedó sin escucharla cada día y cada noche en aquel primer invierno tras su matrimonio.
Mientras la ventisca azotaba cruelmente las costas de Pembrokeshire, mientras la nieve se colaba en chozas y cobertizos dejando pies fríos y dientes castañeteantes, en el palacio del conde de Haverfordwest todo eran risas y juegos al calor de la lumbre.  Neva tuvo la capacidad especial de alegrar el otrora sombrío caserón y de conseguir que todo el mundo acabase por quererla. Casi tanto como la amaba su esposo,  cuyas carcajadas hacían vibrar el aire de los corredores y espantaban a los búhos. 
Neva, criada en el alboroto de una casa llena de niños, conocía un buen puñado de juegos de azar, rimas picantes e historias de fantasmas. La mitad de su vida había transcurrido en las cocinas del palacio de su padre, donde los hijos de las criadas siempre tenían algún pasatiempo sucio y ruidoso que enseñarle. La otra mitad, leyendo libros e inventando quimeras con su hermano Gonzalo. Gracias a ella, Lord Christian sustituyó su pasado de niño solitario, siempre consentido y cuidado, por aquella nueva vida en la que cada día traía una diversión desconocida.  

-Esperemos que los niños tarden, si no van a ser demasiados.- murmuraba el aya de Christian, alegrándose sin embargo de que esa mirada taciturna hubiese desaparecido del semblante de su joven señor.  

También el aya podría haber dado su opinión a aquellos que comenzaron a preocuparse por la tardanza de Neva en quedarse encinta. Los recién casados eran jóvenes y gozaban de buena salud. Incluso Lord Christian, desde la llegada de Neva, había engordado un poco y perdido aquel aspecto de pajarillo. Además, se pasaban buena parte del día y todas y cada una de las noches juntos. La puerta de la alcoba se cerraba tras sus sombras al atardecer y se sentían cuchicheos y risas durante horas, hasta que a la mañana el aya de Lord Christian abría las cortinas y se los encontraba durmiendo entrelazados, como dos gatitos recién nacidos.
Entre los consejeros de Lord Balehead hubo alguna voz que se preguntó si no sería necesario dar alguna instrucción al joven señor. Tal comentario despertó la hilaridad de muchos, e incluso en susurros se dijo que la abundancia no hace a la puntería. Leopold, el secretario que diera la infausta noticia del óbito de Lord Balehead a Neva, acalló todas las bromas y burdos comentarios que siguieron con un simple gesto de su mano aristocrática (se decía que era un hijo bastardo del duque de York). 

-Considero que el momento de las tonterías ha pasado.- dijo, solemne- Que Lady Balehead quede o no encinta no es el mayor de nuestros problemas. Hay cuentas que hacer, justicia que impartir, decisiones que tomar.  

Se eligió un grupo de tres hombres, entre los que se incluyó a Leopold casi como una venganza personal, para que fueran a exigirle a Lord Christian la vuelta a sus obligaciones. Las cartas de Londres se amontonaban en la mesa, las gentes del condado hacían cola a las puertas del palacio con súplicas y ruegos de justicia, las despensas se vaciaban peligrosamente. 

-Neva, debo volver a atender mis asuntos.- le dijo Christian a su esposa, al comprobar la evidencia- He sido descuidado.  

Y la muchacha, lejos de contradecirle, puso todo de su parte para hacerle la tarea más llevadera. Mientras su joven esposo despachaba en las mañanas, Neva se perdía durante horas en la vieja biblioteca en  busca de ejemplares sobre la historia del condado, sobre las costumbres de sus gentes, sobre las particularidades de su idioma. Quería convertirse en una más de aquéllos que la habían acogido sin asomo de prejuicio. Tanto perseveró en su dedicación que, con el paso de los años, muchos llegarían a olvidarse de su procedencia y quienes la conocieron de anciana eran capaces de apostar toda su fortuna a que Lady Neva había nacido en Carmarthenshire, el condado vecino.

Así, los atribulados consejeros de Lord Balehead comprobaron que su joven señor conseguía llevar a rajatabla la máxima que ya siguiera su difunto padre con mano de hierro: "Soy esclavo de mis días, y dueño de mis noches". Si bien, mientras el anterior señor encontraba el destino de sus afectos y diversiones entre amigos en lugares de mala nota, Lord Christian sólo se divertía con su esposa. En todos los aspectos en los que un hombre puede divertirse. No había espectáculo, libro o velada que fuese tan obscena o desaconsejable que Lady Neva no pudiese estar presente. Esto dio lugar a múltiples comentarios sobre la ausencia de delicadeza femenina en la muchacha. Pero, peor fue cuando Lord Christian se empeñó en que su esposa no sólo estuviese presente en las diversiones sino también en los consejos. Aquéllo hizo que se abriesen muchas heridas.



lunes, 3 de septiembre de 2012

PALABRAS CRUZADAS EN LA DISTANCIA.

La inmensa correspondencia entre los hermanos durante toda su vida ha hecho más fácil a esta cronista la tarea de bucear en su historia. Allí donde no llegan los escritos oficiales y los rumores transmitidos de generación en generación, se puede obtener información a través de las frecuentes misivas que Eulalia, Gonzalo y Neva se enviaron a través de los años. También se han encontrado de la propia Isabel, aunque ésta no era muy dada a plasmar sus emociones en papel. En su descargo, podemos añadir que se vio inmersa en tantas intrigas y variados escándalos que reflejar tales acontecimientos en una carta que pudiera caer en manos equivocadas, hubiera sido un acto de irreflexión por su parte. E Isabel, además de bella, siempre pudo presumir de no ser tonta.

La especial confianza que siempre demostraron los hermanos entre sí, nos permite poder conocer de primera mano, después de tantos siglos, lo que había en lo más hondo de sus corazones. A veces, sin embargo, habremos de suplir alguna ausencia con un poco de imaginación o completar las lagunas con pesquisas en otras fuentes de la época. Como en el romance- nunca probado- entre Neva de Noega y el músico del Norte. O determinadas noches salmantinas perdidas en el túnel de la memoria de Gonzalo. O alguno de esos desplantes sufridos por Eulalia de alguna dama parisina y que jamás quiso confesar, aunque se convirtieran en la comidilla de los mentideros de media Europa. Si bien, las cartas de Neva, salvo en determinadas cuestiones, son un fiel reflejo de su carácter apasionado y sus circunstancias vitales. Nunca fue mujer capaz de engañarse a sí misma y, en sus cartas, refleja los hechos tal cual los vivió, permitiendo obtener un conocimiento bastante cercano de lo que fue su manera de ser y su forma de ver el mundo. Leer esas cartas ha supuesto para esta cronista un verdadero placer. En ocasiones, incluso, el papel envejecido por el paso de los años parecía vibrar en nuestras manos. Hemos reído con Neva, hemos llorado con Neva, hemos amado con Neva, ya desde aquella primera carta enviada a Eulalia pocos días después de su matrimonio: 

"Mi adorada hermana: 

Al recibo de la presente imagino que madre ya te habrá hecho llegar noticias sobre mi casamiento. Te habrá escrito que todo fue según lo previsto, a pesar de los inconvenientes derivados del fallecimiento de mi verdadero prometido. También te habrá expresado que la acogida dispensada por estas gentes ha sido buena, y que el viaje hasta Gales sólo tuvo como percance los usuales malos vientos del Mar del Norte.  
Imagino también que arderás en deseos de conocer mi opinión sobre el asunto. No mantendré la intriga, hermana querida, a ti te lo expreso sin tapujos porque sé la importancia que le das a todo lo que me ocurre: soy feliz. Tan inmensamente feliz que casi no sé ni cómo expresarlo con palabras. No encuentro manera de describir lo que mi corazón siente desde el momento en que mi vida se unió a este hombre maravilloso. A veces se apodera de mí una especie de vértigo que amenaza con hacerme perder el equilibrio. A veces creo que despertaré de un sueño y me encontraré de nuevo en casa de padre, a la espera de que un hombre temible me despose. Pero, entonces le miro. Y veo que es real. Que Christian está aquí a mi lado. Que puedo acariciar sus manos y escuchar su voz profunda como el rumor del agua en lo más intrincado de un bosque. 
Soy tan feliz, hermana mía, que siento temor. Desearía que esta sensación jamás desapareciese, que este cosquilleo en el vientre cuando miro a mi esposo nunca deje de existir, que la mirada de Christian siempre sea capaz de acariciarme dulcemente en la distancia, que el mundo deje de existir en torno a nosotros cuando él me sonríe... ¡Ay, hermana, creo que me estoy perdiendo en un mar de palabras que no dicen nada! Supongo que es lo que los poetas describen con tanto acierto y mi pluma se niega a expresar.
Sólo puedo desear, desde lo más hondo de mi ser, que algún día encuentres un hombre que te haga sentir de esta manera. Da igual que en mi caso sea mi esposo, y le pueda sentir como propio, porque si Christian no hubiese sido el destinado a desposarme estoy segura de que le hubiese amado de la misma manera. Tan segura como sé cuál es mi mano derecha. Por eso, creo firmemente que tú también encontrarás a alguien que te permita conocer ese amor para el cual  tú siempre has afirmado no estar hecha. No conozco a nadie más digno de ser amado que tú, mi hermana querida. 

Dichosa, enamorada, siempre, siempre tuya.

                                                                                                                                                      N."



                                                                                                                                            

martes, 28 de agosto de 2012

EL HEREDERO.


Siempre se dijo que el nacimiento de la pequeña Neva fue la última de las celebraciones en honor del alumbramiento del único hijo del Conde de Noega.  No en vano entre ambos acontecimientos sólo hubo once meses, lo que contribuyó a que Neva y el pequeño Gonzalo se criasen prácticamente como si fueran dos mellizos ruidosos y siempre llenos de energía. 

La llegada al mundo del pequeño Gonzalo se produjo tras la larga espera de cinco años desde el nacimiento de Eulalia y tras varios embarazos malogrados. El contento que causó en el Conde la ansiada llegada de un heredero se tradujo en cuarenta días de fiestas ininterrumpidas, mientras el pequeño lloraba día y noche y la Condesa torcía el gesto ante tamaño despilfarro. Cierto que el niño se había hecho esperar, pero sólo era un bebé enclenque y llorón. ¿Qué iba a hacer el Conde cuando a su sucesor le entrase el juicio? Pese a tan celebrado inicio, padre e hijo jamás se comprenderían mutuamente. El pequeño Gonzalo sólo heredó de su padre el nombre y su innata capacidad para elevarse por las nubes. Al igual que el Conde, Gonzalo era capaz de soñar despierto durante horas, se quedaba callado sin que nadie tuviese la menor idea sobre lo que rondaba su cabecita hasta que ponía en práctica los planes más descabellados, siempre secundado por su inseparable hermana pequeña. En todo lo demás, -su inagotable ansia por aprender, su carácter sociable, su espíritu rebelde y contestón, su curiosidad por los estados del cuerpo y del alma- era el calco de María de Noega.

Así, mientras la bella Isabel descartaba pretendientes y Eulalia aprendía a tocar el clavicordio, Gonzalo y Neva devoraban los libros de la biblioteca. Aprendieron a leer al mismo tiempo, descubriendo un mundo que les fascinó por igual y con el que construyeron un universo propio que les separaba del resto de la gente. En los años venideros, su especial lenguaje les serviría para comunicarse en épocas de tribulación, pero en aquel entonces sólo provocaba el enfado de ayas y preceptores. El intento por separarlos tuvo el mismo resultado.  Así, ambos crecieron en agradable confusión, aprendiendo el manejo de la espada y de la aguja, chapurreando el inglés y el francés, memorizando el nombre de las estrellas y la utilidad de las plantas, hablando de la tierra y del cielo, soñando con aventuras y peligros, jugando a ser Tristán o Héctor. Cuando su padre, el Conde, les comunicó que había llegado la misiva de un tal Lord Balehead of Haverfordwest proponiendo el matrimonio con Neva, Gonzalo creyó enloquecer de dolor. Lloró a escondidas, bajo las mantas de su cama, toda una noche. A la mañana era ya otra persona, plenamente consciente de que habría de acostumbrarse a la vida sin su otra mitad.    

-Padre, quiero irme a Salamanca.- le dijo al Conde con una voz ligeramente enronquecida que nadie le había escuchado nunca- Ya he decidido lo que voy a hacer con mi vida.

-Eso habré de decidirlo yo, hijo.- expresó el Conde, que ya se imaginaba cualquier atrocidad. 

-No, que los demás decidan tu destino es cosa de mujeres. - repuso el muchacho, ante la estupefacción general- Y yo ya me he dado cuenta de que no soy una mujer. Tampoco Neva es un hombre. Ella ha admitido que la enviéis a Gales sin mí. Así pues, yo decido. 

El Conde se quedó mudo ante la perorata de su hijo. Ahora le vendría con que quería irse a combatir al moro, o a liberar Jerusalén, o a conquistar alguna isla de nombre impronunciable. Todos aquellos planes descabellados que acostumbraba y terminaban tras horas de fuga con el regreso, suyo y de Neva, sucios y llenos de pulgas. 

-Padre, quiero ser médico. -dijo Gonzalo, expresando un deseo que muy pocos llegarían a comprender a lo largo de su vida.

Sin embargo, su madre, la Condesa, corrió a abrazarle dando gritos de alegría.

miércoles, 22 de agosto de 2012

EULALIA.


La admiración suscitada por la bella Isabel desde el mismo momento de su nacimiento permitió a Eulalia, segunda hija del Conde de Noega, crecer con la libertad y alegría del que pasa desapercibido. Su llegada al mundo, dos años después que su hermana mayor, coincidió con un verano especialmente seco que trajo un invierno de penurias. La Condesa, su madre, se afanaba por alimentar todas las bocas que dependían de su esposo con la mitad de recursos. Se organizó alguna revuelta por los alrededores, rápidamente sofocada por el carácter dialogante que siempre caracterizó a Gonzalo de Valdés. Sin embargo, a medida que se acercaba el invierno y el hambre iba haciendo mella en los estómagos, la situación se tornó más angustiosa.  En medio de todos estos sinsabores, la Condesa avanzaba en su estado sin dar síntoma alguno de agotamiento. El futuro carácter infatigable y resignado de Eulalia muchos lo atribuyeron a la realidad que la rodeaba mientras su pequeño cuerpecillo se gestaba.  Sin duda, la vida pondría a prueba en muchas ocasiones la paciencia y entereza de Eulalia. Y ella siempre saldría triunfante de tales situaciones. 
En la madrugada en la que Eulalia nació, nevó tan copiosamente, incluso a la misma orilla del mar, que el mundo se volvió blanco. La criatura recién nacida apenas emitió un murmullo que alterase la quietud y el silencio de una tierra en la que las gentes sufrían de hambre. La Condesa de Noega, sudorosa y debilitada, la acercó a su pecho y entonces la pequeña abrió sus grandes ojos castaños, con la misma mirada apacible que la haría famosa años más tarde, y sonrió con su pequeña boquita desdentada. Las mujeres que habían ayudado en el parto y contemplaron tal hecho juntaron sus manos en una sentida plegaria de agradecimento. Todas creyeron, sin necesidad de palabras, que aquella niña traía la prosperidad. Y no se equivocaron. 
Las nieves de la noche del nacimiento de Eulalia contribuyeron a una primavera de ríos rebosantes de agua y la tierra, renovada, dio los frutos que terminaron con el hambre y la insatisfacción de un pueblo que no veía más que oscuridad. La Condesa de Noega siempre creyó, y el tiempo le dio la razón, que el mundo sería un poco mejor allí por donde Eulalia pisase. 

Aquella niña de dulces facciones, que había heredado los lunares en el rostro de su familia materna y la capacidad de sanar los dolores del alma con el tacto de sus manos,  crecía a la sombra de su bella hermana como una presencia tranquila, capaz de relajar las tensiones y evitar los conflictos. Tímida por naturaleza, muy apegada a lo espiritual, siempre creyó que su vocación era el convento. Hasta bien entrada su juventud nadie pudo sacarla de tal convencimiento. Adoraba la soledad y el recogimiento de la oración, sacrificaba sin esfuerzo su bienestar personal por ayudar a cualquiera que venía al castillo de su padre con una súplica en los labios,  no sentía la necesidad de unirse a ningún hombre ni de tener hijos propios habiendo tantos niños perdidos por el mundo. Hasta pasados bastantes años, en un país y con una vida muy diferente, no hubo nadie capaz de enamorarla ni de hacerle rebasar la línea férrea de sus convicciones.  

Cuando hubo que buscarle esposo, el Conde de Noega lo tuvo tan difícil como con su hija mayor. Aunque en esta ocasión por muy diferentes motivos. Primero, por el apego infinito que Eulalia tenía con sus hermanos menores, con los que mantuvo una correspondencia ininterrumpida hasta el final de sus días. Después, porque de entre sus pretendientes había de escoger alguien lo suficientemente cercano como para que no aterrase a la muchacha. A sus quince años Eulalia seguía siendo tan tímida como un patito recién nacido. Su esposo había de ser alguien que formase parte de su mundo conocido y que no la llevase muy lejos de allí. Finalmente, el Conde de Noega se decantó por Fernando de Guisasola, hijo segundón de un noble vecino que había sido ferviente admirador de la bella Isabel y asiduo visitante del castillo desde la infancia. Además, nadie podía prever entonces la carrera fulgurante de aquel muchacho apocado y de mirada turbia.  
Eulalia, como en todos los acontecimientos de su vida, afrontó la noticia de su matrimonio con entereza. Le daba un poco de miedo aquel hombre que tenía diez años más que ella, pero se impuso su arrollador sentido común. Al menos no tendría que marcharse a cientos de millas de su hogar. Y nadie esperaría nada de la esposa de un olvidado noble de escasos medios. 

En el momento de la despedida la pequeña Neva, que a la sazón tenía nueve años, se agarró a sus faldas con determinación, llorando a gritos. Para intentar calmarla Eulalia le acariciaba suavemente su cabello oscuro, sin que la niña cejase en su determinación. Ni las amenazas del cinturón paterno hicieron volver en sí a Neva, que llenó la casa con un "no te vayas" repetido como una letanía, que hizo llorar a las criadas y atemorizó a los caballos que esperaban impacientes en el patio la salida de la novia. Entonces Eulalia, que siempre comprendió a su hermanita pequeña mejor que nadie, se agachó y, abrazándola, le susurró al oído: 

-Tranquila, mi pequeña, que sabré arreglármelas para ser feliz.    

viernes, 17 de agosto de 2012

LA BELLA ISABEL.


Neva de Noega fue la menor de cuatro hermanos muy unidos para las costumbres de la época y a pesar de la diferencia de edad que les separaba. Para la pequeña Neva su hermana mayor era un recuerdo difuso de olor a violetas. Aún no había cumplido los siete años cuando la bella Isabel partió de Noega para contraer matrimonio. Sin embargo, los recuerdos familiares y la fama de la joven la hicieron tan cercana como si nunca se hubiese ido.
Isabel de Noega, la "bella Isabel" como muchos la conocieron, era un prodigio.  Cuando nació llegó a decirse que no viviría mucho. Al decir de quienes asistieron al parto era un pequeño ángel, pues semejante belleza no podía estar destinada a este mundo. Hubo peregrinaciones desde diferentes puntos del condado para contemplar aquel bebé rosado y sonriente, de piel sin mácula y carácter apacible. Todos los que pasaban ante la pequeña cunita quedaban arrebatados, ante la estupefacción de la madre de la criatura, que consideraba que tanto arrobamiento no podía conducir a nada bueno. "La belleza es como cualquier otra enfermedad", solía decir María de Noega, en aquella clarividencia suya tan mundana.  
Así, Isabel creció entre halagos y miradas de admiración, sin que nadie la contradijese jamás en sus más mínimos deseos, consentida y caprichosa, adulada y poderosa. Su padre, el conde, le reía todas las gracias y la llamaba "nuestra pequeña dueña", consciente de que cualquiera de sus desobediencias o pataletas era inmediatamente perdonada cuando surgía una sonrisa en aquella carita tan linda. La madre, en cambio, torcía el gesto y la dejaba hacer, afanada con la llegada de otros hijos y los quehaceres diarios. 
La niña fue consciente de la enorme influencia de su belleza desde muy pequeña. Supo sacarle partido al brillo de sus ojos rasgados, a su dulce sonrisa enmarcada de hoyuelos, al brillo de ese cabello que gustaba de llevar  recogido, para que no le quitase ni un ápice de protagonismo a los rasgos de ese rostro como perfilado a plumilla, tan fiel a los cánones del momento que hubo quien dijo que sus facciones eran el modelo en el que Europa se miraba. 
Como no podía ser menos, apenas apuntaron en el menudo cuerpo de Isabel las formas femeninas, el conde de Noega comenzó a recibir proposiciones de los cuatro puntos cardinales. Incluso se dijo que la pretendieron infantes y príncipes de tierras lejanas. El señor conde se vio tan desbordado por los acontecimientos que optó por dejar a la propia Isabel que eligiese a quien fuese más de su agrado. Ésta lo tuvo claro desde el principio: 

-El más adinerado, padre.  El amor flota en el aire, pero el dinero se puede contar.  

Así la bella Isabel casó en primeras nupcias con un noble portugués que tenía un palacio de colores frente al océano, mucho de ese metal que se puede contar y cuya condición de bastardo real le colocaba en una inmejorable posición en las Cortes de todo el continente. Isabel fue admirada y halagada, incluso más que en su infancia, en aquel su primer matrimonio del que tuvo un único hijo, llamado con el paso del tiempo a gobernar lejanas tierras. Fue un matrimonio destinado a durar poco tiempo, a causa de la mala salud del marido, aunque bastante mejor avenido que los que vendrían después. Entre las muchas cualidades de este primer esposo estuvo la de no ser excesivamente celoso y no ocuparse de habladurías. Nunca sufrió ante la realidad de las nubes de adoradores en torno a Isabel, ni dio muestras de enojo por la dedicación que ésta prodigaba a su belleza deslumbrante. "La quise por su hermosura, es absurdo que ahora me pese lo que anhelé poseer", solía decir.  
Si bien, Isabel no sólo era un rostro. Aunque más valía que hubiera sido así. Su apariencia angelical era tan sólo eso: apariencia. Fueron muchos los que sufrieron el acero de su lengua afilada. Aquella mujer bellísima, de rasgos delicados, criada entre halagos y alabanzas, tenía la crueldad del que es bello en exceso. Hacía todos los comentarios que le venían a la cabeza, sin reparar en el daño que podía ocasionar, a sabiendas de que sería perdonada sin remedio. No dudaba en satisfacer hasta su menor capricho, aunque eso supusiese la ruina de muchos. Los chismosos y arribistas se arremolinaban en torno a ella, con el afán de escuchar sus comentarios despreocupados y punzantes, que después eran repetidos por todos los rincones del país. Hasta el propio rey hubo de llamar la atención a su esposo sobre la conducta de Isabel. A ella misma no se atrevió. El monarca, que no era tonto, sabía que si se entrevistase con ella acabaría cayendo en sus redes.
Como bien afirmó María de Noega, cuando su primogénita era apenas un bebé, la belleza es una enfermedad. Una enfermedad que comienzan sufriendo los demás y acaba también causando estragos en la propia portadora. Pero, esto ocurrió mucho más tarde. De momento, dejemos a la bella Isabel en aquellas épocas despreocupadas de esplendor, cuando el mundo era un lugar acogedor y permisivo, en la época en que alguien dijo de ella: 

-¡La bella Isabel! ¡Ah! Si algún día os aburrís de contemplar su belleza, siempre os entretendrá con la perfidia de su voz maravillosa.   

martes, 14 de agosto de 2012

EN LOS DOMINIOS DEL CONDE.

 

Para comprender el carácter de la pequeña Neva nos es preciso remontarnos un poco más atrás en el tiempo, conocer el lugar que la vio nacer, las peculiaridades y rarezas de una familia a la que los imperativos sociales de la época siempre le parecieron cosa ajena. Nadie comprendió en su momento a Gonzalo de Valdés cuando contrajo matrimonio con aquella muchacha de tan oscura familia que, al decir de los más chismosos, aún practicaba ritos celtas. También se decía que al nacer, entre susurros, le habían puesto un nombre tan impronunciable y pagano que después todo el mundo la conoció como María. Quizás para paliar de algún modo el origen de aquella criatura y despistar al diablo en las revueltas de los caminos. 
La realidad era muy diferente. De la que no alimenta leyendas. Y bien sabemos que sin leyendas, sin misterios, sin oscuras historias que hacen temblar el corazón en las noches de invierno, no se puede vivir. 
La que llegaría a ser condesa de Noega, la futura madre de Neva y todos sus hermanos, era la hija de un médico ambulante, de ésos que lo mismo venden extraños potingues para hacer crecer el pelo, que sacan una muela infectada o ayudan a bien morir. María nació en un bosque en mitad del otoño, en algún lugar indeterminado entre pueblo y pueblo, pero no fue María hasta mucho tiempo más tarde. En eso tenían razón las habladurías. Primero fue "la niña", "la hija", "la pequeña". Cuando sus errantes padres se acordaron de la necesidad del bautizo, ella ya podía caminar solita hasta la pila del agua bendita. 
María creció tan libre como un flor sin raíces y de pies descalzos. Aprendió de sus padres los mil remedios que la naturaleza ofrece para curar los males del cuerpo y del espíritu, esas prácticas que harían que, ya casada, las criadas se hiciesen de cruces. Sabía aliviar las heridas con el contacto de sus manos y el corazón con el sonido de su voz. También supo enamorar al conde de Noega con el embrujo de sus mirada oscura. El imberbe Gonzalo de Valdés jamás volvió a ser el mismo desde el momento crucial en el que sus ojos se posaron en aquella menuda muchacha de ágil movimiento y olor a salvia. En cuanto la vio, dio gracias al Cielo por haber decidido salir de caza aquella mañana a pesar de las inclemencias del tiempo. Dio gracias también por la raíz desnuda de aquel árbol que hizo tropezar a su montura y hacerle caer al suelo. Dio gracias asimismo por aquella piedra oscura que le hirió en un costado, haciendo derramar su sangre sobre el barro, anunciándole que sus horas en este valle de lágrimas estaban contados.  
Ante la gravedad del joven señor, nadie hubo en su casa que tuviese un remedio eficaz. Entonces alguien recordó a unos feriantes que había visto en la plaza. Se discutió mucho sobre que manos sucias y plebeyas tocasen la piel inmaculada del joven conde. Finalmente, escondida bajo la capucha de una negra y amplia capa, trajeron a la muchacha. Y aquella noche se terminó la trashumante vida de María.  

 

El conde nunca dejó de amar tiernamente a su esposa. Ella le dio toda la felicidad que la vida le negó en todos los demás ámbitos. Bien es cierto que Gonzalo de Valdés nunca aspiró a ser inmortal a través de sus hazañas, ni a ser especialmente valorado en la Corte, ni siquiera a viajar para reconquistar ignotas tierras. Fue un hombre estrafalario, de gustos poco comunes, de alma soñadora. Incapaz de prestar atención a las cosas prácticas del mundo. Tenía alma de poeta, aunque jamás escribió una línea. No lo precisó. La poesía que él degustó estaba en el mar embravecido, en el rumor de los árboles un día de otoño, en el vuelo de las mariposas. 
María se dedicó a todas las cosas terrenales mientras su esposo flotaba a su alrededor. Organizaba la vida del castillo con la sabiduría de quien ha conocido el hambre, tomaba las decisiones importantes mientras sus manos hábiles preparaban ungüentos y pócimas, traía al mundo a los hijos de su esposo sin apenas lamento y encargándose de su crianza personalmente sin faltar jamás a una velada. Fue una esposa fiel, una madre tierna y despreocupada de las normas, una condesa eficaz y organizada.  La historia le devolvió a cambio su pasado de leyenda, sus oscuros orígenes celtas, sus prácticas de hechicera. De conocer tales cuentos sobre su persona, la más probable es que María hubiese sonreído. Con aquella su magnífica sonrisa capaz de calmar la fiebre. 
 

martes, 7 de agosto de 2012

Y NEVA DE NOEGA METIÓ LA PATA.


Después de aquel paseo por los acantilados todo quedó claro entre los jóvenes enamorados.  Al menos todo lo claro que puede resultar de una conversación mantenida en pocos minutos entre dos personas que se han conocido unas horas antes. Mas, no le corresponde a esta cronista ahondar en teorías enrevesadas sobre la velocidad del tiempo cuando se tienen catorce años o la medida en que un corazón es capaz de amar cuando se está en la primera juventud. Todas las versiones oficiales y oficiosas de esta historia cuentan que fue de esta manera y, tras el paso de tantos siglos, habremos de darlo por bueno.

Lord Christian se dio prisa en completar  lo preciso para la celebración de sus esponsales. Realmente todo lo había iniciado su padre y poca modificación había de ser realizada. Incluso el consentimiento del Conde de Noega se mantuvo sin precisar cambio alguno. No en vano, meses atrás, el Conde firmó un documento en el que entregaba a su hija como esposa de Lord Balehead. Que éste fuese padre o hijo poca importancia tenía. Incluso Neva, en uno de sus arranques célebres, expresó que ahora tal documento tenía más valor. No sólo reflejaba el consentimiento de su padre, sino el suyo propio. 

Hubo, sin embargo, un asunto que no pudieron dejar pasar con la despreocupación de sus pocos años. Neva había de entrevistarse personalmente con el obispo de Pembrokeshire, que era quien oficiaría su unión.  Aquel encuentro estuvo viciado desde el principio. Y no porque la pequeña Neva no intentase poner todo de su parte para causar la mejor impresión, sino precisamente por eso. 

La muchacha escogió de entre sus escasas pertenencias el vestido más elegante. Nunca se había preocupado en exceso de su aspecto, y en Noega no se celebraban demasiados actos a los que los pequeños hijos del Conde pudieran asistir, todo lo cual unido a que la mitad de su ajuar de novia quedó en Noega para hacer sitio a sus preciados libros, se confabuló para que aquella mañana lluviosa Neva apareciese en el Palacio del Obispo con el vestido rojo. Aquella prenda la había heredado Neva de su hermana Eulalia, que para entonces llevaba muchos años en Francia y era la más entendida de la familia en lo que a vestir se refiere. Poco importaba que estuviese tan pasado de moda que hubiese hecho enrojecer a la propia madre del señor Obispo. Era un vestido con una extraordinaria calidad y que Neva sabía que le sentaba bien. Además, era el único de todos sus trajes que no había sido remendado, ni quemado, ni desgarrado en ninguna de sus partes, lo cual suponía una ventaja considerable frente a los demás.

Cuando el Obispo la vio aparecer de tal guisa sintió una oleada de furia atraversarle el cuerpo. No sólo era católica sino que carecía de las más elementales nociones en lo que a protocolo se refiere. ¡Comparecer vestida de rojo ante un hombre de Dios! ¡Ante un Obispo nada menos! Y eso aunque las malas lenguas, en susurros, comentaban que aquel hombre de Dios prefería a las mujeres con el atuendo de Eva.

-Imagino que, en la posición que estáis tan presta a ocupar, adoptar la religión de vuestro esposo no os será un inconveniente.- le soltó a bocajarro el señor Obispo, dispuesto a no tener con aquella osada niña ningún tipo de contemplación.

Neva quedó atónita. Habían preparado la conversación, lo que había de decir y lo que no, pero nadie recordó avisarle de la religión que profesaba su esposo, ni si era diferente a la suya propia.

-Pero, ¿en qué dios cree Lord Christian?- soltó la muchacha, sin pensar. 

-¿En cuál va a ser, condesa?- bramó el Obispo, que ya no cabía en sí de indignación- En el Único Dios, en el Verdadero Dios. 

-¡Ah!- respiró Neva con alivio- Entonces no hay problema, monseñor, creemos en el mismo. 


De aquella primera conversación el Obispo de Pembrokeshire sacó la conclusión de que Neva de Noega era tonta, y no había por qué preocuparse. No perjudicaría al joven Lord Balehead, ni le haría equivocarse más de lo que se iba a equivocar por sus propios medios. Tampoco era bella, lo que suponía la ventaja de no tener que preocuparse por la legitimidad de futuros herederos. El Obispo no se explicó entonces porqué desde el condado de Haverfordwest se habían alarmado tanto. Era un niña torpe, poco atractiva y tonta. Nada peligroso. El tiempo, sin embargo, le haría ver lo errado que estaba en aquella su primera opinión. Tanto, que jamás pudo perdonarse no haberse opuesto a este enlace con todas sus fuerzas.

sábado, 2 de junio de 2012

UN PASEO DECISIVO.

A la mañana siguiente...



Tras una noche en la que pocos durmieron a pierna suelta en el señorío de Balehead (cada uno con sus cuitas de amor, desamor, preocupación y responsabilidad), salió el sol como casi todos los días.  A Lord Christian, poco dado a las susceptibilidades, tal circunstancia le fue indiferente. Quizá otro se hubiera extrañado de que el mundo siguiese girando al mismo compás tras el descubrimiento efectuado la noche anterior. Si bien, nuestro reciente enamorado sólo tenía cabeza para pensar en cómo debía comportarse con Neva a partir de entonces. No tenía a nadie digno de su confianza que le asesorase sobre las costumbres propias del cortejo y, dada su ignorancia y encomendándose a cualquier santo que se hubiese visto en tal aprieto, se dirigió a los aposentos de la invitada. 
Neva escribía una carta a su familia comunicándoles su feliz llegada tras el dificultoso viaje. En cuatro líneas al final les anunciaba también el fallecimiento de su prometido, rezando para que su padre a esas alturas de la misiva se hubiese aburrido y hubiese dejado de leer.  La aparición de Christian en su alcoba hizo surgir en el rostro de la muchacha una de esas sonrisas que la harían famosa. 

-Hace un fabuloso día. Vengo a invitaros a dar un paseo, si os place- tartamudeó Christian. 

Neva afirmó que iría gustosa siempre que le diese unos minutos para cambiarse de atuendo. No estaba bien pasear en camisa de dormir, añadió. Y Christian se ruborizó hasta la raíz del cabello. 
La mañana era soleada, pero el vientecillo de septiembre cortaba como un cuchillo. Los dos jóvenes no sentían el azote del viento mientras caminaban por los acantilados que se adentraban, irrespetuosos, hacia el mar fiero y gris de Gales. Neva no cesaba de parlotear graciosamente. Se sorprendía con cada árbol, con cada roca, respiraba a grandes bocanadas el aire salino, y reía como un pajarito cada vez que el viento hacía que sus faldas se le enroscasen entre las piernas. Christian la escuchaba en silencio, con media sonrisa en sus labios, observándola de reojo y adecuando los pasos de sus largas piernas a sus brincos y carrerillas.

-No sabéis lo bonita que me resulta vuestra tierra, Lord Christian.- decía ella- Jamás pensé que, tras largo viaje, iría a encontrarme con un lugar tan parecido a mi casa. Este cielo, estos acantilados, este mar... Todo es tan similar que me parece conocerlo desde siempre... Sólo llevo horas aquí y ya me creo capaz de amar esta tierra vuestra.

Christian rebuscaba en su cerebro alguna palabra ingeniosa con la que contestar a su cháchara simpática y al mismo tiempo decirle que la quería, que adoraba el color de su pelo, sus ojos rasgados, su manera de andar y la forma en que chapurreaba en su idioma. En definitiva, cómo decirle que la besaría allí mismo hasta dejarla sin respiración. 

-Si os gusta tanto mi hogar, sabed que podéis quedaros el tiempo que tengáis por conveniente. - se atrevió tan sólo a decir.

Neva se le quedó mirando durante unos segundos que ninguno olvidaría nunca. Y entonces, como si ella supiese todo lo que rondaba por su alma, le contestó tranquilamente, como el que sabe que toma una decisión trascendental y meditada:

-Traigo equipaje como para quedarme el resto de mi vida.

martes, 22 de mayo de 2012

EL EMPECINAMIENTO DE LORD CHRISTIAN.

Apenas arribada Neva de Noega a las playas de Haverfordwest con sus veinticinco baúles,  la mitad de los cuales contenían sus preciados libros, el secretario del recientemente fallecido Lord James le dio la terrible noticia de su viudez sin haber sido esposa. Neva de Noega puso una cara de consternación que a los galeses les pareció de luto, pero que no engañó a ninguna de las personas del séquito de la muchacha. Neva sintió tan profundo alivio al enterarse de que ya no habría de casarse con hombre de fama tan colérica, que agradeció en su fuero interno que los rumores fueran ciertos y aquel tormentoso carácter le hubiese provacado el soponcio que le despachó a mejor vida.
Haciendo honor a la hospitalidad del pueblo celta del que procedían, las gentes de Balehead condujeron a la recién llegada y toda su comitiva hacia el castillo, donde el nuevo y joven señor, entre nervioso y atribulado, esperaba a los recién llegados. La primera imagen que Neva tuvo de Christian no se le borraría a la muchacha en todos los años de su vida. Allí, a la misma puerta de su hogar, con el sol cayéndole en rayos oblícuos sobre sus cabellos castaños, con la silueta esbelta totalmente vestida de negro, alto, altísimo, y con ese aire melancólico que le haría famoso entre los corazones femeninos no más de una década después, estaba el hombre que Neva creyó que Dios le tenía reservado para toda la eternidad. "Aunque viviera cien vidas", le escribiría la joven a una de sus hermanas,"sé que en todas y cada una de ellas habría de encontrarme con él."

-Sed bienvenida.- musitó Lord Balehead, incómodo en su atuendo de luto riguroso y con la voz estrangulada por los nervios.

Neva de Noega sonrió ante sus palabras y, sin quitarle la vista de encima,  calculó sus posibilidades y la estretegia a seguir. Aquel hombre no se le iba a escapar por nada del mundo. Fuera como fuera. Y por segunda vez en el mismo día dio las gracias al fulminante ataque al corazón que se llevó por delante a su prometido.
Durante la cena en el comedor de los honores, Neva se lanzó de lleno en su plan de conquista. Con su inglés chapurreado y su risa de pajarito mantenía a Lord Christian tan embelesado como nadie que le conociera le había visto nunca. Cada uno a un extremo de la mesa, rodeados por criados con libreas de luto, jamás se vio cena más animada. De repente comenzó a flotar entre la bruma del castillo un eco de lejanas alegrías, como si el espíritu de Lady Sarah corriese por los corredores jugando con su amado Hugo al escondite. Y fue en alguno de los memorables momentos de aquella cena en el que Lord Christian decidió, a su vez, que no podía vivir sin aquella chiquilla tan alegre y parlanchina.



Las cosas, sin embargo, no le iban a resultar tan fáciles. A casi ninguno de los presentes le había pasado inadvertido el enamoramiento que flotaba en el aire durante aquella noche otoñal. Si bien, frente a los enamorados, que eran apenas un par de niños, se alzó rápidamente la voz de la experiencia. Los consejeros de Lord Balehead se reunieron en capítulo, en una de las esquinas del salón de baile, cuchicheando como muchachas. Hubo alguien que habló de "situación incestuosa", pero fue rápidamente acallado. Lo más peligroso para la mayoría radicaba en el carácter de la jovencita. A leguas podía verse su espíritu libre y contestón, y nadie consideraba que el atribulado e introvertido Christian pudiese cargar con semejante esposa. 
-Si ya es difícil que nuestro joven señor muestre algo de carácter y decisión, con semejante esposa al lado quedará anulado por completo- fue el parecer general, y en ese momento se dedicaron a escoger quién le iba a poner el cascabel al gato. Finalmente tan desagradable misión correspondió al ayuda de cámara, Ulric, que introdujo sabiamente el tema mientras ayudaba a desvestirse al joven. En honor a la verdad, el propio Christian, en actitud sin precedentes, estaba presto a hablar del tema. Como si cada vez que pronunciase el nombre de Neva, dejase en sus labios un dulce sabor. 
-Estoy decidido a casarme con ella, así que ahorraos más explicaciones- concluyó Christian tras las larga diatriba recitada por Ulric, que escuchó con semblante ensimismado.
Y tal decisión de matrimonio no constituyó un acto de soberbia por su parte. Dicen que en ese momento Christian ya se había encargado de investigar el parecer de la muchacha a través su aya. La buena mujer había acudido a los aposentos de Neva para ayudarla a acomodarse y le había preguntado, a bocajarro, que qué le parecía su joven señor. Ante tal pregunta Neva se sonrojó, aunque este dato no es muy fiable dada la mala vista de la mujer y la penumbra reinante en la alcoba, y sin más había dicho "que le gustaba mucho". Con tal certeza y el ardor de sus pocos años, Christian se envalentonó. 
-Y si alguien tiene algo que decir en contra, la tomaré esta misma noche y ya no habrá vuelta atrás. 
-¡Recapacitad!- exclamó Ulric, que comenzaba a darse cuenta de que estaba siendo peor el remedio que la enfermedad- No os precipitéis. Mirad que lo que quizá fue una buena esposa escogida para vuestro padre, que en Gloria esté, para vos puede ser nefasta. Las prisas no son buenas consejeras, milord.
Christian quedó en silencio. Su amenaza de yacer con Neva era un bravata. Eso podía adivinarlo cualquiera, pues a nadie se le escapaba que, a pesar de sus dieciocho años, no conocía mujer. Fue un detalle de su educación que a su padre se le escapó. Lord James, en su experiencia de ardorosa juventud, consideraba que lo que viene dictado por natura no requiere de instrucción alguna. Si bien Christian, con la sensibilidad herededa de su madre y las terribles enseñanzas del padre Teodoro, poco se parecía a aquel padre en cuya juventud gloriosa habían de esconderle a las muchachas para evitar males mayores, inflamado ante el revuelo de cualquier falda.  
Pero fue una sola palabra del criado la que decidió a Christian en su empeño. Cuando le oyó dirigirse a él como "milord" comprendió, como no lo hiciera en todos los meses desde la muerte de su padre, que ahora el amo era él. Era huérfano, señor del condado de Haverfordwest, y sin nadie que pudiera marcarle las pautas de su vida. Por primera vez en toda su existencia era dueño de sus actos. De repente sintió un poco de vértigo. Del vértigo que produce el poder. "Milord", le había llamado Ulric. Y era cierto. Él era Lord Balehead of Haverfordwest, noble de Gales por nacimiento y pariente del rey. En sus dominios sólo Dios podía contradecirle. Una sonrisa nueva la cubrió el rostro. Una sonrisa que a Ulric le dio un poco de miedo. 

-He decidido casarme con Neva de Noega, y no se hable más.  

Y fue aquella decisión, llevado por el enamoramiento de aquella muchacha que sus consejeros consideraban tan perniciosa para él, la que le transformó en un ser nuevo. Aquella noche de otoño Christian comenzó a ser el hombre que la Historia conoció.   

jueves, 3 de mayo de 2012

DE CÓMO LA RISA VOLVIÓ AL CONDADO DE HAVERFORDWEST.

El panorama que Lord Balehead se encontró en los primeros tiempos de su viudez no podía ser más desolador: un castillo entristecido, un hijo tan metido en sí y tan enclenque que no anunciaba nada bueno, y unas gentes a su servicio que le temían y odiaban casi a partes iguales. De ser uno de los territorios más bulliciosos y añorados de todo Gales en los tiempos de esplendor de Lady Sarah, el condado de Haverfordwest pasó a ser un lugar sombrío, triste y del que los viajeros huían como de una tierra hechizada.
Christian pasaba sus horas entre libros, llorando sus penas a escondidas, tan callado que, al decir de su aya, hubo quien se olvidó de cómo sonaba su voz. Cuando no llovía se escondía por los bosques, desapareciendo durante horas, sin que nadie tuviese la más remota idea de a qué dedicaba su tiempo.



Lord Balehead podía pasarse días sin preguntar por su hijo. No le gustaba la manera que tenía de mirarle. Como si le tuviese miedo. Como si fuese uno más de esos sirvientes que aguantaban sus largas diatribas sin rechistar. Hubiera querido que su hijo fuese de otra manera, más aguerrido, con un carácter de mil demonios, como todos los hombres de su familia desde la noche de los tiempos. Pero tenía la sensibilidad de su madre, aunque con sus silencios taimados intentase evitar que la gente se percatase. Lord Balehead sabía que con tal carácter el mundo le haría sufrir. Nadie tiene compasión por los débiles. Si el cielo le hubiese concedido el don de la palabra, como a aquel Hugo de Clare al que su hijo tanto quería de niño, se lo hubiese dicho así. Pero Lord James de Balehead, conde de Haverfordwest, nunca supo de otros métodos de comunicación que no fuesen la orden y la espada. Esa era la manera en la que la familia sobrevivió en un territorio como Gales durante siglos, y así había de seguir siendo. Pero, en tal tarea no podía confiar en su hijo. En uno de estas meditaciones, quizás, fue cuando surgió en su mente la idea de tomar nueva esposa. Necesitaba a su lado a alguien joven, de raza aguerrida, que le diese hijos fuertes. Y así fue cómo, por esas casualidades del destino, en un viaje a Londres se enteró de que el conde de Noega tenía aún una hija por casar. La muchacha en cuestión aún no tenía la belleza que en su día enamoraría a tantos. Era aún una niña de trece años con fama de contestona y de no saber llevar una casa. Pero eso a Lord Balehead no le arredró. Él mismo tenía un parentesco lejano con la que fuera madre del conde de Noega, lo que garantizaba que las gotas de sangre galesa unidas a las astures que se mezclaban en la sangre de Neva, harían de la muchacha una mujer fuerte y fértil. Por otro lado, ninguna rebeldía acobardaba a Lord Balehead. Con el tiempo había desarrollado tan furibundo carácter que, desde la muerte de Lady Sarah, podía decirse que casi no se aguantaba ni él mismo.  
Neva de Noega, a la que nunca llegaría a conocer, sólo tenía trece años y era menuda com un pajarito. En aquel tiempo los rasgos de su rostro eran aún infantiles, pero sus maneras y su despierta inteligencia le daban un toque de persona adulta. Nadie podía adivinar la belleza en la que posteriormente se convertiría, pues era de esas niñas que nunca destacan entre sus hermanas y sólo el paso de la adolescencia les confiere el toque atrayente de esa belleza llamada a durar hasta la vejez. Los que la conocieron dicen que Neva fue guapa de repente con veinte años, y después esa guapura peculiar la acompañó para siempre. 

 En todo caso, por lo que las gentes del lugar la recordarían para siempre fue por su risa. Poseía una carcajada fácil y espontánea, y llegó a Gales en un momento en el que su edad la hacía reirse por todo. Eso fue algo que todo el mundo le agradeció durante su vida. Su llegada sorprendió a las gentes de Haverfordwest con el peso de varios lutos superpuestos, un nuevo joven señor que parecía no valer para nada, y la leyenda amarga de un romance frustrado en el aire que impedía florecer a la alegría.
Neva fue un golpe de aire fresco. Con su apariencia de gorrión inquieto, sus ansias de agradar y su acento de otras tierras, se ganó el corazón de todos. Desde Christian, que pasó de hijastro potencial a rendido esposo en pocos minutos, a todos y cada uno de los habitantes de aquel señorío que habían tenido que acostumbrarse a vivir entre sombras. 
Con Neva de Noega, como gustaba de afirmar la aya de Christian, volvió a salir el sol.

jueves, 26 de abril de 2012

DANCEMOS...


Antes de continuar adentrándonos en la vida de todos los que poblaron aquel rincón de Gales en aquella época de su esplendor, antes de enterarnos de las ocurrencias de la parlanchina Neva de Noega, de cuchichear sobre las pasiones que sorprendieron el corazón siempre tan pacífico de Eulalia, de acompañar a Christian en decisiones difíciles y viajes sin retorno, de conocer a bravos guerreros escoceses, rusos de mirada gélida o caballeros españoles cuyo honor no se compra ni con todo el oro del mundo; antes incluso de saber que hubo nobles deseosos de atesorar conocimientos o de cruzarnos en una vuelta del camino inesperada con un rey que brillaba como un Sol... Antes de todo ello, y ya que se han decidido a seguir a esta cronista, hagamos un pequeño alto para bailar en honor de aquellos desafortunados amantes una canción que, de seguro, escucharon muchas de aquellas veladas que terminaban al amanecer. Bailemos a su salud, y a la de todos los que amaron, aman y amarán sin esperanza.


 



Hasta que amanezca...

lunes, 23 de abril de 2012

EL OCASO DE LADY SARAH.

 

Aunque la muerte de  Lady Sarah of Haverfordwest no se produjo hasta diez años más tarde de estos acontecimientos, la risueña mujer de rizos dorados de cuya belleza se hicieron eco todas las crónicas comenzó a morir el mismo día en que Hugo de Clare abandonó aquellas tierras. Si hacemos caso de los escritos conservados en el archivo del conde de Balehead, donde se especifican con todo detalle los síntomas de la dolencia que se la llevó de este mundo cuando su hijo Christian contaba dieciséis años, podemos afirmar sin género de dudas que su enfermedad fue un cáncer, posiblemente de útero. Sin embargo, para quien la conoció siendo muchacha, para quien supo de los pormenores de su corazón, resulta bastante claro que Sarah murió de pena, de añoranza, de hastío. 

La partida de Hugo determinó el fin de toda la música, de los bailes hasta el amanecer, de la ternura, y de la infancia de Christian. Los días se volvieron tan grises como el cielo de Gales en las mañanas de invierno. Nadie contaba historias, nadie cantaba, nadie reía. El niño pudo comprender, como nunca antes, lo que era "el valor de la risa" que había mencionado Hugo en su partida. Hay cosas que sólo se ven cuando no se ven. 

La educación del niño quedó encargada a duros preceptores que le inculcaron todos los conocimientos de ciencia, de uso de armas, de idiomas, de religión, que podía requerir un noble instruído de su tiempo. Se acabaron los juegos, se acabaron las poesías, se acabaron las caricias. Aunque a veces su madre, al cruzárselo en un corredor- él cargado de libros, ella etérea como una mariposa- le revolvía el cabello en un recuerdo de aquellos días felices en que fue mimado hasta la exageración. Si bien esa caricia constituía para Christian una especie de pinchazo en ese lugar impreciso en el que se encuentra la conciencia. En los duros años de su pubertad, Christian pasó a ser el muchacho introvertido que un día enamoraría a Neva de Noega. El peso de la culpa parecía cernirse constantemente sobre él, sin que nadie se percatase de ello. Siempre fue consciente de que había destruído la felicidad de su madre, y en su interior, siempre vio su acto como imperdonable. Si hubiese conocido, o recordado, lo que es el corazón de una madre, hubiese encontrado alivio. Pero, ya era demasiado tarde. El mal estaba hecho y el abismo invisible que creó con aquellas desafortunadas palabras a Teodoro nunca fue capaz de hacerlo desaparecer.      

A Lady Sarah la vida le pesaba como el plomo. Le costaba encontrar fuerzas para levantarse cada mañana. Se sentía vacía. Nada conseguía aliviarla en su abatimiento aunque con su esposo fingía cumpliendo con el papel que se esparaba de ella. Y Lord Balehead, que nunca tuvo capacidad para fijarse en el estado de ánimo de nadie, nunca se percató de tal situación. Con el niño, en cambio, Lady Sarah no podía sentir más que pesadumbre. Le notaba distante, huidizo, reacio a las caricias de sus manos. Comprendió que su pequeño había crecido, se había escapado a su influencia para iniciar el proceso de convertirse en hombre, y supo que algún día la juzgaría por sus actos. Los hijos no son comprensivos con los defectos de sus mayores cuando éstos dejan de ser su único universo.  

Así, trancurrieron los años uno tras otro, hasta que los ecos de aquellos tiempos felices sólo existían en la cabeza de Sarah. Sólo un destello ocasional de sus pupilas, ante un recuerdo rescatado de pronto, hacía ver que hubo un tiempo en que la alegría fue posible. Su cuerpo fue cediendo ante su mal, hasta que se transformó en una triste sombra que no salía de sus aposentos. Cuando le llegó el fin ni su esposo ni su hijo estaban con ella. Lord Balehead estaba de viaje en Londres. Christian lloraba a gritos, escondido en algún lugar del bosque. Las mujeres que la asistieron en su ida de este mundo, que acompañaron a la que fuera la muchacha más hermosa de toda Irlanda, dijeron que se fue tranquila, con alivio, casi con gusto de dejar un mundo del que ya se había despedido casi un década antes. Dicen que se fue en un último suspiro, con el nombre de Hugo entre los labios.